La ocurrencia de don Gucci

Giorgio Gucci
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Venir a La Habana y declarar que Cuba “se ha convertido en el paraíso de la moda” es como llegar a Pyongyang, colocarse al pecho un sellito con la imagen del Kim y afirmar que la capital de Corea es la mejor del mundo para vivir, comer bien y festejar desenfrenadamente a toda hora.

Ya desde la época en que nuestros antepasados vivían encima de los árboles, ocurrían de manera dispersa algunos chistecitos de mal gusto. Quien no lo crea que busque por la internet esa travesura del monito en el instante en que uno de los mayores hacía el amor en perfecto equilibrio -y con pasión-, encima de una endeble rama. Cuando decidieron bajar a tierra firme entonces estas pésimas bromas aumentaron hasta nuestros días.

Lo de Giorgio Gucci raya en estas ocurrencias que no dejan de provocar inquietudes en busca de la razón por la cual abrió la boca y nos situó en tan elevado peldaño e irle, en la distancia, a la contraria a ese buen humorista cubano que en el propio Madrid certificó que Cuba sí era la reina del consumismo porque aquí la gente andaba “con su mismo pantalón, con su misma camisa y con su mismo par de zapatos”.

Lo cierto e incuestionable es que el cubano o cubana goza de fama de vestir pulcramente y que aún en los momentos más críticos del llamado “período especial” o crisis a principios de los 90s, la gente andaba limpia y olorosa en momentos en que un jabón de tocador era como un vaso de agua a un extraviado en el desierto.

En la parte más calurosa de la isla, donde la sequía hace de las suyas y el agua se controla como gotas de un suero fisiológico, el nuevo cónsul de España en Santiago de Cuba podrá dar cuenta de ello cuando se instale una nueva dependencia en esa ciudad oriental. Aguardar sus comentarios si es que fueran públicos.

Gucci se nos ha ido de rosca en su boutique en el Manzana Kempinski, el único cinco estrellas plus en la isla. Para que Cuba sea un paraíso de la moda tendrá que llover mucho y no sólo agua, sino otras cosas más.