La compleja y obligada transición energética

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Desde políticos, hasta empresarios, pasando por periodistas y activistas del medio ambiente, los discursos que evocan el fin de la era de los combustibles fósiles y la obligada transición hacia un sistema de bajas emisiones o sin emisiones de carbono, basado en las fuentes renovables, cada vez son más frecuentes. Pero, en realidad, estos cambios globales no se están produciendo con la premura que requiere hacer frente a los efectos irreversibles del cambio climático.

A pesar del fuerte crecimiento que las energías renovables en los últimos años, el carbón, el petróleo y el gas siguen desempeñando un papel dominante en los sistemas energéticos mundiales. Según Our World in Data, un proyecto de la Universidad de Oxford, todavía alrededor del 84% de la energía primaria mundial proviene de estos combustibles fósiles, que cuando se quema produce CO2 y es el principal impulsor del cambio climático global.

En el caso del carbón, muchos países se están comprometiendo a eliminar progresivamente esta fuente energética de su mix eléctrico. Algunos ya no lo utilizan, otros como España se han propuesto eliminarlo para 2030, y luego está el caso de China, que es el mayor consumidor -cerca del 60% de su energía primaria viene de esta fuente- y que no tiene ningún compromiso concreto para dejar de quemar este combustible, que es el más sucio, porque no solo es el que más emisiones de dióxido de carbono emite por unidad de energía, sino que tiene graves consecuencias para la salud por la contaminación del aire.

En 2020, los esfuerzos mundiales por desmantelar centrales de carbón se vieron compensados por las nuevas centrales de carbón puestas en marcha solo en China, lo que resultó en el primer aumento en el desarrollo de la capacidad global de carbón desde 2015, según un informe dirigido por Global Energy Monitor (GEM). En total, China albergaba el 85% de los 87,4 gigavatios (GW) de las nuevas plantas de carbón propuestas en 2020.

UN CAMBIO DE PARADIGMA

Pero la transición energética no solo se limita al cierre progresivo de las centrales contaminantes y al desarrollo de energías limpias, sino que es un cambio de paradigma de todo el sistema, desde la descarbonización de la electrificación, como del transporte o la digitalización de las redes.

En la reciente cumbre del clima COP26, los casi 200 países reunidos en Glasgow (Escocia) cerraron un acuerdo que, lejos de ser una solución definitiva al cambio climático, supone el reconocimiento de que los esfuerzos previstos para frenar el calentamiento global no son suficientes y que necesitan aumentar sus planes de recorte de emisiones de gases de efecto invernadero.

De esta cumbre surgió un llamamiento para que las naciones actualicen el próximo año sus planes climáticos para 2030 y para que los aumenten tanto como sea necesario para alinearse a finales de 2022 con el objetivo de limitar el incremento global de temperatura a 1,5ºC de aquí a final de siglo, en lo que se entiende como un mensaje para China, el principal emisor del mundo en estos momentos. No obstante, este acuerdo no vincula legalmente a ningún país en concreto, y tampoco el resultado final convenció a ninguno. Los 200 países de la cumbre también han pedido que se reduzca gradualmente el carbón y las subvenciones consideradas “ineficientes” a los combustibles fósiles. Eso sí, sin fijar plazos, si bien es la primera vez que se menciona a estas fuentes energéticas.

UN PROBLEMA DE JUSTICIA

Pero que los diferentes países sean capaces de hacer un cambio radical en su modelo de desarrollo antes de que no haya vuelta atrás no es el único problema. Existe otro de justicia, que también explica el pulso entre dos bloques diferenciados. Por un lado, los Estados más ricos, como los países de la Unión Europea y EEUU, que son los responsables históricos del calentamiento porque han basado su crecimiento económico durante décadas en los combustibles fósiles. Por otro, China y India, que son los que más contaminan ahora porque sus emisiones crecen a gran velocidad a medida que crece su economía y se desarrollan.

Para evitar que los países pobres tengan que recurrir a las energías contaminantes para su desarrollo, hace una década, las economías más poderosas del mundo prometieron destinar 100.000 millones de dólares anuales a la financiación climática de aquellos países para 2020, pero es una promesa incumplida y aún deben miles de millones.

LA COMPENSACIÓN A LOS PAÍSES POBRES

El acuerdo de la COP 26 sigue sin otorgar a los países con menos recursos los fondos que necesitan para recurrir a energías limpias y enfrentar los desastres del clima cada vez más extremos.

En la cumbre de Glasgow también se habló acerca de si los países más ricos, responsables del cambio climático, deben compensar o no a los más pobres por los daños derivados del calentamiento global. Según explica The New York Times, las economías con menos recursos consideran que deben recibir una parte de las ganancias de las transacciones en el mercado de bonos de carbono para ayudarles a adquirir resiliencia ante el cambio climático.

La transición energética también se enfrenta a más desafíos y también ha de ser justa en términos sociales y que no deje a nadie atrás, según advierten muchas voces. Fenómenos como los ‘chalecos amarillos’ en Francia o las revueltas de las comunidades indígenas en Ecuador son dos ejemplos que ilustran esta necesidad.