Fundado temor al gas y al fuego

Muy lógica la reacción de los habaneros y tal vez en otras provincias por los letales efectos de los salideros de gas e incendios después de la catástrofe ocurrida este mes en el hotel Saratoga, donde perdieron la vida 46 personas y otras pocas permanecen en gravedad.

Muestras de ello, asignatura de psicología de multitudes tal vez, las hay por doquier. Hace poco rellenaba un encendedor o fosforera, de esos catalogados por el fabricante como desechables, con un veterano de guerra que ha colocado a la par de la acera y bajo una agradable sombra, una mesita con todos los requerimientos para darle vida a esos diminutos artefactos, y me comentaba que ya algunas personas se alejaban unos metros cuando él le suministraba el gas licuado.

Es que no se puede negar la conmoción que causó en toda la isla la explosión del Saratoga cuya investigación sigue en curso sin detalle alguno para la opinión pública como es de suponer hasta tanto la comisión ofrezca los resultados.

Como que cada vez que sucede algo, ocurre lo mismo al decir popular, es de suponer que se estén tomando medidas extremas de seguridad en esos sitios que dispongan de tales receptores de gran capacidad.

Ahí, en ese acto de pericia casi quirúrgico, que compite con la del muy turístico torcedor de habanos, este hombre facilita el fuego lo mismo para cigarrillos que para prender una hornilla en la cocina porque no los hay en el mercado y suelen aparecer en el informal a 300 pesos cubanos o lo que es igual, a la quinta parte de una pensión de 1,528 pesos mensuales.

Audaces que somos para sobreponernos a las dificultades y también precavidos por no suscribir algo supersticiosos.

Mi amigo el “fosforero” fue uno de aquellos primeros soldados en llegar a la guerra de Angola en 1975. Los asesores militares soviéticos de entonces desaconsejaron volar en el turbohélice Bristol Britannia porque nunca llegaría a Luanda. No se les hizo caso. Subieron combustible y en pleno vuelo lo reabastecieron. Todos llegaron.

-Yo no tengo ningún miedo en manipular estas cosas. Eso sí, trato de hacerlo correctamente -me aclara con un recipiente metálico de 300 ml que fue ambientador vietnamita y ahora está repleto de gas licuado.