El ‘caso Barclays’ vuelve a poner en la picota a la gran banca de inversión

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Todos los comentaristas lo dan por hecho: la salida de Bob Diamond de Barclays no será el final de un escándalo que puede suponer el inicio del final del dominio de la gran banca de inversión sobre la economía global. O por lo menos, la llegada de una regulación más dura al proceloso mundo de los derivados financieros.

Sobre todo si, tal y como parece que va a suceder, la investigación abierta sobre este caso, y otros tantos, acaba por establecer que la manipulación de los mercados no se produce en casos aislados. Qué es algo más. Una forma de operar habitual. En los últimos tiempos los casos saltan periódicamente. Hoy mismo se han conocido las sospechas que penden sobre J P Morgan por una posible manipulación del mercado de los futuros energéticos.

Pero este tipo de casos, que suelen saldarse con el pago de una indemnización y un acuerdo extrajudicial en el que la entidad financiera paga sin reconocer el delito, se han producido habitualmente durante un par de décadas sin que, sin embargo, nadie se atreviese a romper el dogma de que la autorregulación era la mejor manera de que la industria financiera estuviera bien supervisada y jugara limpio.

La endogamia que caracteriza a esta actividad es un hecho fácilmente demostrable, todos los banqueros de inversión, e incluso la mayoría de los gestores de hedge tienen raíces comunes y, a veces, intereses tan coincidentes que resulta muy improbable que la manipulación de un índice como el Libor, referencia de multitud de productos derivados, pueda realizarse sin la actuación de un grupo suficiente de entidades que estén al tanto de los movimientos subsiguientes.

Tras la confirmación de que Diamond dejaba Barclays, las declaraciones al respecto se han multiplicado desde muchos frentes. Incluso destacados miembros de la propia industria financiera se han apresurado a declarar que hay entre diez y doce grandes compañías implicadas en el mismo tipo de presunto delito que ha admitido el banco británico.

¿Más o menos un cartel? Esta es la idea que empieza a extenderse por los ‘blogs’. Un cartel, por cierto, cuya existencia ya era conocida y contra el que los políticos mundiales, e incluso las autoridades de supervisión y los bancos centrales, no se han enfrentado nunca directamente. Ni en EEUU ni en Europa.

La carrera hacia el éxito de Diamond puede servir como ejemplo de una tendencia global que muestra la interconexión de los grandes banqueros. El gran Bob pasó por JP Morgan y Credit Suisse, entre otras entidades, antes de aterrizar en Barclays. Y se hizo famoso por adquirir gran parte de las operaciones de Lehman Brothers en EEUU justo del pues del colapso.

Y con una característica adicional que parecía convertirle en invencible, el hecho de ser el principal accionista de dos de las tres grandes agencias de rating del mundo. Moody´s y Standard and Poor´s. Nunca un banco europeo llegó tan alto en Wall Street, ni siquiera cuando Deustche Bank compró Banker´s Trust en la década de los noventa estuvo tan cerca del cielo. Sobre todo porque el ascenso de Barclays coincidió con la caída del resto de los grandes implicados, en mayor o menor medida, en el vergonzoso caso de las hipotecas ‘subprime’. Pues eso, Barclays había llegado a la cima de la primera división y sólo tenía un gran enemigo en aparente buena forma. JP Morgan.

Ahora también JP Morgan tiene problemas serios. En el más puro estilo Lehman. Por culpa de unas operaciones en derivados relacionadas con ciertas emisiones hipotecarias alemanas. Y las pérdidas pueden alcanzar hasta 9.000 millones de dólares. Por ahora.

En septiembre de 2008, antes de la operación de Lehman Brothers, Barclays y Robert Diamond se encotraban en la cresta de la ola. En el sector financiero y el mundo. El motivo principal del repentino prestigio obtenido por este ejecutivo era que la entidad que gestionaba no había tenido que ser ‘rescatada’ con dinero público. Algo que si le sucedió a la mayor parte de sus competidores, entre otros, al antaño todopoderoso Royal Bank of Scotland.

Pero en estas historias de grandes perdedores también hay algunos ganadores. O, ¿son los mismos? Hace aproximadamente un año, esta posibilidad se planteó cuando corrieron los rumores de que Goldman Sachs y el gestor de hedge funds, John Paulson, habían preparado unas emisiones hipotecarias a la medida, que colocaron entre clientes del banco para luego apostar contra ellas, provocar pérdidas en los compradores iniciales y lucrarse. Al final, no hubo cargos contra Paulson. Pero las sospechas siguen ahí.

Y las pérdidas de JP Morgan en derivados, que han provocado la comparecencia en el Congreso de EEUU de su principal ejecutivo James Dimon, vuelven a ponerlas de manifiesto. Sobre todo porque algunos de los ‘hedges’ que se han lucrado con las pérdidas de la gran entidad estadounidense son antiguos empleados de la casa. Más aún, los hay que han vuelto a trabajar para ella.

La entidad estadounidense ha negociado con Bruno Iskil, de Hutchin Hill y con Booz Weinstein de Saba Capital, con tal de intentar frenar la sangría de millones que había causado este escándalo. Además, esta semana JP Morgan ha contratado a Blue Mountain, un ‘hedge fund’ externo para que le ayude a saldar sus posiciones perdedoras en el mercado de derivados.

Este fondo de alto riesgo, dirigido por Andrew Feldstein, un antiguo ejecutivo del banco estadounidense, deberá cuantificar con exactitud las apuestas que los ‘traders’ de J P Morgan realizaron sobre el uno de los índices de Markit CDX para intentar deshacerlas luego. Y es, según las informaciones recientes de la agencia Bloomberg, el mayor beneficiado de la sangría que las apuestas dudosas en derivados han provocado a su antiguo banco.