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Las inmensidades de Internet en «Lo and Behold»

En su recorrido, Herzog entrevista pioneros de Internet como Bob Kahn y Ted Nelson, astrónomos que le explican la hecatombe mundial que podría causar una tormenta solar. ¿Se sueña Internet a sí misma? Esta pregunta guió al cineasta alemán Werner Herzog durante sus investigaciones para su documental sobre la red, «Lo and Behold – Reveries of the Connected World», que se exhibe en la sección Autores, una de las más destacadas del Festival de Mar del Plata.
 
Acostumbrado a explorar territorios inhóspitos en sus documentales, como la Antártida en «Encounters at the End of the World» o los volcanes más impactantes del mundo en «Into the Inferno», estrenada en Netflix en octubre pasado, Herzog se adentra en «Lo and Behold» en la inmensidad de Internet y plantea una serie de preguntas acerca de sus posibilidades, sus fronteras y sus riesgos.
 
Tratándose del director de «Fitzcarraldo», su abordaje es todo menos convencional. Herzog no pretende rodar una historia de Internet ni brindar sesudas respuestas científicas: lo que le interesa es plantear preguntas inquietantes, mostrar aristas silenciadas, forzar a sus entrevistados a reflexionar en base a escenarios hipotéticos, a imaginar lo inimaginable.
 
Es así como pregunta a un joven científico que trabaja en el proyecto de inteligencia artificial RoboCup si los robots a los que hace jugar al fútbol son tan buenos como «Messi, Ronaldo y Neymar» y si podrían hipotéticamente vencer a la selección de Brasil en algún momento, a lo que el especialista responde que, quizá, para 2050.
 
O plantea a Sebastian Thrun, ex profesor de la Universidad de Stanford especializado en inteligencia artificial, si en el futuro se podrán rodar películas sin un director de carne y hueso, a lo que éste le contesta que sí, aunque de seguro no tan buenas como las de Herzog. «Por supuesto», añade el cineasta con su habitual humor. El mismo que tiene para afirmar en off que le hubiera gustado preguntarle a una de sus entrevistadas, una joven adicta a los videojuegos, si alguna vez creyó ser un druida enano malévolo.

En su recorrido, Herzog entrevista pioneros de Internet como Bob Kahn y Ted Nelson, astrónomos que le explican la hecatombe mundial que podría causar una tormenta solar similar a la conocida como «evento Carrington» de 1859, que paralizaría todas las comunicaciones, y a hackers como el estadounidense Kevin Mitnick, considerado como uno de los mejores del mundo y una auténtica «celebrity» entre los interventores de la red.
 
«Lo and Behold» explora las múltiples posibilidades que ofrece Internet y los tecnologías derivadas de ella -como los automóviles autónomos que funcionan mediante coordenadas que van recibiendo a través de la red o la posibilidad de viajar en el futuro a Marte- aunque, como aventura el doctor en Física Teórica de la Universidad de Massachusetts, Lawrence M. Kraus, es imposible determinar qué sucederá con ella en el futuro. A fin de cuentas, apunta, la ciencia ficción proyectó que por esta época los humanos viajarían en automóviles voladores y sin embargo, la verdadera revolución tecnológica, Internet, no fue anticipada por nadie.
 
Por supuesto, el lado B de Internet queda también expuesto: el cineasta entrevista a una familia que sufrió horrores cuando la foto de su hija decapitada en un accidente automovilístico se difundió como reguero de pólvora en Internet, o visita la localidad de Greenbank, en el estado norteamericano de West Virginia, un lugar sin radiaciones de ordenadores ni teléfonos móviles donde viven recluidas personas que padecen una poco frecuente hipersensibilidad a estas imperceptibles emisiones.
 
Al igual que en muchos otros de sus documentales, como «Grizzly Man», una de las mayores habilidades de Herzog consiste en encontrar buenos personajes en la vida real, como el pionero de Internet Leonard Kleinrock, de la Universidad de California en Los Angeles (UCLA), que anota delante de cámara con un entusiasmo desbordado fórmulas matemáticas imposibles de entender en un esfuerzo por explicar el funcionamiento de la red y quien, al mostrarle el primer ordenador que funcionó como nodo de Internet, exclama al abrirlo y mostrarle el módem: «Sienta que delicioso olor».

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Las inmensidades de Internet en «Lo and Behold»

Astrid Riehn (dpa)

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