Lydia Loveless amplía su abanico estilístico en ‘Real’

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La cantautora de Ohio edulcora la crudeza de su antiguo country-punk y evoca la sonoridad de rock adulto de los setenta. En la lejana década de los ochenta, algunos energéticos y divertidos grupos punk tuvieron serios problemas de crecimiento. Es curioso, pero, a más de uno, aprender a tocar no le sentó del todo bien. 0 al menos eso creo yo. Madurar no siempre es fácil y, en ocasiones, lo que se gana en sabiduría se pierde en frescura.
 
Además, hay siempre un momento clave en la trayectoria de cualquier artista. Un disco en el que, inevitablemente, se llega al temido cruce de caminos y aparece ese terrible puente que es necesario cruzar, para no convertirse en ese tipo de grupo, flor de un día o producto de una época que no tiene capacidad de pasar el corte.
 
Y ese día parece haber llegado para la sorprendente Lydia Loveless, una jovencita llena de desparpajo, vitalidad, y canciones frescas y sinceras que, junto con otros ‘colegas’ de su generación, había conseguido devolver al country, al menos en parte, la credibilidad perdida tras años de arreglos edulcorados y tratamientos ‘poppies’ hechos en Nashville.
 
 
 
Lydia ha funcionado en los últimos años como una suerte de copia en negativo de la ‘multivendedora’ Taylor Swift. Mientras la segunda se acercaba al mundo de las grandes estrellas del pop actual y vestía su cancionero con ropajes de r&b bajo en calorías, la primera apostaba por llenar de polvo sus botas de cuero español, y llamar a las cosas por su nombre.
 
Pero Loveless, se ha hecho mayor. O eso parece. Y se ha visto obligada a ampliar su paleta sonora. La decisión era inevitable porque de no haberlo hecho, Lydia habría corrido el riesgo de convertirse en una pobre caricatura de sí misma. Lo que no cuadra demasiado bien con el espíritu y la trayectoria de una artista inquieta y con capacidad de correr riesgos.
 

 
Y ese es, más o menos, el contexto, en el que la joven cantautora se ha movido a la hora de grabar ‘Real’, su último álbum y el disco del que vamos a ocuparnos hoy. Una colección de diez canciones que se extienden a lo largo de 38 minutos de música y que ha decepcionado a algunos críticos y convencido a otros. Lo que no necesariamente tiene que ser mala señal.
 
Para afrontar este momento decisivo, Lydia ha decidido confiar en el mismo equipo que la viene acompañando desde que empezó. Un grupo liderado en el estudio por Joe Viers, el coproductor de este álbum que también ejerce de ingeniero de sonido y de instrumentista cuando toca y con quién la cantautora ha grabado ya varios trabajos. 
 
Eso podría indicar que la artista no ha buscado un cambio brusco en esta complicada transición. No ha hecho lo que solían hacer tipos siempre dispuestos a evolucionar como David Bowie o Prince que, a la hora de dar el salto, preferían cambiar de colaboradores para rodearse de gente distinta que les proporcionara un nuevo ángulo de visión sonora.
 
En absoluto, la ‘modernidad’ de Lydia parte de unas bases bastante tradicionales y orgánicas. Lo que, en este caso, habla bastante bien de ella. Aunque es verdad que, en ocasiones, este disco se parezca más a lo que habría hecho una Stevie Nicks, renacida, y sin los excesos de reverb que arruinaron sus producciones ochenteras, que al sonido crudo que caracterizó las primeras entregas de nuestra protagonista.
 
Hay hasta algún inesperado ‘coqueteo’ con la música bailable, como el que la chica se marca en ‘Heaven’ un tema juguetón y ‘quedoncete’ con moderado aire de hit, que puede haber descolocado a más de un viejo seguidor de la chica y que, sin embargo, yo considero como de uno de los más sobresalientes del conjunto.
 
De hecho, es mi ‘segunda’ canción favorita del álbum, por el momento. Aunque en dura competencia con el primer puesto que ocupa ‘Longer’. Un tema que también se aleja mucho del sonido habitual de esta artista y que evoca algún ambiente ochentero interesante como el que conseguían Pat Benatar y Neil Gerardo en los primeros discos de esta artista tan injustamente olvidada.
 
Pero todo ha sido hecho con un espíritu saludable, arreglos colectivos y respeto a las dinámicas de un grupo que lleva tiempo compartiendo escenario con la artista. Así, en el álbum la propia Lydia rasguea la guitarra con convicción acompañada por el miso plantel de músicos solventes con el que se la juega sobre las tablas en sus frecuentes actuaciones en directo.,
 
Una banda compuesta por los guitarristas y teclistas Andy Harrison, Todd May, -que también hace voces- y Jay Gasper que aporta, además, el pedal steel y una poderosa sección rítmica formada por el bateríaGeorge Hondroulis y el bajista Ben Lamb, que sujeta con solvencia y elegancia toda la arquitectura sonora del disco.
 
Esa compenetración beneficia al resultado final en un álbum que yo encuentro más cerca del notable que del sobresaliente, pero que funciona, es entretenido y le permite a Loveless superar con holgura el trámite. Eso sí, todo queda un poco pendiente, hasta ver el color de las alas de la mariposa en la que desea convertirse esta joven larva que acaba de terminar de formar su capullo.