Ricardo Darín interpreta a un enfermo terminal que decide no continuar con el tratamiento para retrasar lo inevitable en una película en la que, pese a la dureza del tema, se escapa de la lágrima fácil. “¿Para qué seguir?”, se pregunta el protagonista de ‘Truman’ cuando el médico le confirma que, pese a continuar con el tratamiento, su enfermedad es prácticamente incurable. La última cinta del cronista de la vida urbana Cesc Gay reflexiona sobre las relaciones humanas y la decisión de tener una muerte digna escapando de los sentimentalismos.
Julián (Ricardo Darín), un actor de teatro que vive en la capital española, se niega a pasar de nuevo por el duro proceso de la quimioterapia para retrasar lo inevitable. Su mejor amigo, Tomás (Javier Cámara), que vive en Canadá, volverá unos días para despedirse y ayudarle a cerrar los asuntos pendientes, como por ejemplo, buscarle un nuevo hogar a su perro Truman. El animal que da título a la película es testigo del último encuentro entre los dos amigos y muestra el lado más tierno y humano de Julián, personaje frío y contenido.
Gay trata con delicadeza la historia, alejándose de la lágrima fácil en un tono que transita entre el drama, la comedia y la ironía. El director catalán, que traslada por primera vez la acción de Barcelona a Madrid, intenta reflejar la desesperanza de saber que el fin está cerca, ya sea el propio como el de alguien cercano, pero ‘Truman’ es además una película sobre la amistad.
Julián y Tomás ríen y se sinceran como si se vieran a menudo. Es una de esas amistades que perduran y se fortifican aunque la comunicación ya no sea tan frecuente como antes. Los dos se entienden perfectamente sin necesidad de hablarse, aunque sean completamente distintos: el primero es el valiente; mientras que el segundo es generoso y paciente.
Pese a que la película aboga por la sinceridad en la mayor parte de la narración, algunos diálogos resultan demasiado artificiosos. El director intenta compensarlo con una realización sobria y cuidada, en la que predominan los planos cortos con fondos difuminados y que busca mantener la franqueza de la historia.
Los primeros planos de los protagonistas, junto a la propia naturaleza del relato, hacen de ‘Truman’ una película de actores. Darín vuelve a estar brillante en una interpretación en la que la naturalidad de su mirada y sus gestos permite empatizar con el personaje, aunque, en ocasiones, la actitud de desapego de Julián nos resulte irreverente. El actor argentino, como es habitual, le roba las escenas a su compañero, Javier Cámara. Los dos ganaron la Concha de Plata al Mejor Actor en el Festival de San Sebastián, escenario de la puesta de largo del film.
Darín y la simpleza y honradez que predominan en la cinta son lo mejor de ‘Truman’, aunque ciertas conversaciones impostadas y algunas escenas del final amenazan con ensombrecer los aciertos de la película.
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‘Truman’, una película de Cesc gay
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