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El ‘Gobierno Soraya’ que preside Rajoy…

Soraya Sáenz de Santamaría, vicepresidenta del Gobierno
Soraya Sáenz de Santamaría, vicepresidenta del Gobierno
No hay quien haga sombra a SSdeS, enfrentada ahora a sus días más duros: el president de la Generalidad va a convocar nuevamente, de modo formal, ese referéndum secesionista.
La verdad es que me hizo gracia la frase que da el titular a este comentario: fue dicha de pasada por un importante diplomático español en referencia a las muchas cosas que ahora está haciendo el Gobierno presidido por ese Mariano Rajoy que siempre da la impresión de estar inmóvil –aunque sea una impresión falsa, impuesta por los ‘cartoonist’– , mientras algunos de sus ministros, y señaladamente la vicepresidenta, ofrecen una imagen de constante puente aéreo, de actividad quizá aún sin metas demasiado precisas.
 
Siempre me he confesado más partidario de las actitudes de la vicepresidenta que de las del presidente. Soraya Sáenz de Santamaría es una mujer que no esconde su verdadero yo, ajena a impostaciones y protocolos excesivos. Es, además, una buena parlamentaria y me parece que ha sido un acierto designarla como ‘interlocutora con Cataluña’, signifique eso lo que signifique. Supo desembarazarse de sus enemigos en el Gobierno, en el que solamente le queda la animadversión de la secretaria general del PP y ministra-generala de Defensa, empeñada en una campaña de constantes comparecencias junto a militares, sabedora del prestigio que actualmente –actualmente; antes no era así—tiene lo castrense en la ciudadanía
 
Pero no hay quien haga sombra a SSdeS, enfrentada ahora a sus días más duros: el president de la Generalidad va a convocar nuevamente, de modo formal, ese referéndum secesionista que, sí o sí, dice él, tendrá lugar en algún momento de 2017, tal vez en septiembre. Promesa que muchos intuimos que no va a poder cumplir, pero que conviene que lo haga –o sea, que no lo haga—con el menor grado de trauma y desgaste posible. Ya ha convocado, como heraldo de esa consulta, Puigdemont una extraña ‘cumbre’ para el próximo día 23, víspera de la Nochebuena en la que el Rey lanzará uno de sus más importantes, comprometidos, mensajes de Navidad a los españoles. Yo aventuraría que ha de ser un mensaje de concordias, más que de advertencias: nada puede hacer más daño a la conciliación entre los españoles que esa actitud ‘halcona’, si se me permite la expresión, que, respecto al ‘procés’ catalán, se advierte crecientemente en ‘Madrid’, en círculos políticos, periodísticos y hasta en la calle de ese pozo de cenáculos y mentideros que es la Villa et Corte.
 
Y es ahí donde la vicepresidenta tendrá que desplegar todas sus indudables habilidades políticas. Porque no tendrá que negociar solamente con Puigdemont, con Junqueras o, espero con ansia el momento de ese choque, con Ada Colau, para desengancharles del pérfido vagón de la CUP. SSdeS habrá de vérselas también con un importante sector de su propio partido, del mundo de la prensa y de las instituciones, que no quieren saber nada no ya de negociación, sino ni siquiera de diálogo, con ‘Cataluña’ hasta que la Generalitat no desconvoque ese referéndum, que ha pasado, así, a convertirse lamentablemente en el eje de la política nacional.
 
Creo que sería un lamentable error no entender que la ‘cumbre’ del día 23 no es sino una baza negociadora; el molt honorable está tratando de ver hasta dónde puede llegar, qué beneficios máximos podría obtener a través de un acuerdo con el Gobierno central. Y la negociación, abierta y con concesiones por ambas partes –¿no es eso una negociación?. El arte de ceder lo menos para conseguir lo más—está ahí, deseando que alguien la acoja en brazos expertos.
 
Como lo estaba, abierta y ahora a punto de cerrarse para bien, con el mucho más realista PNV, que solo busca, a cambio de respaldar al Ejecutivo de Rajoy en cuestiones clave, como los Presupuestos, obtener beneficios económicos y en infraestructuras, y aquí, en los ‘madriles’, nadie se ha rasgado las vestiduras diciendo que si se beneficia a unos territorios autonómicos más que a otros: hay que acostumbrarse a la heterogeneidad, porque España es un país heterogéneo –de los más de Europa—y no es lo mismo mi querida Cantabria que Cataluña, qué le vamos a hacer.
 
Y mientras eso no se reconozca, y se siga combatiendo con saña desde las redes sociales a quienes tal dicen, no habrá solución posible. Algún gracioso me tildó de ‘pancatalanista’ (¿?) por decir estas cosas en un programa de televisión. Twitter hierve cuando se sugiere que tal vez haya que llegar hasta a una reforma de la Constitución para encuadrar de una vez a Cataluña en España de manera satisfactoria, hasta donde eso no sea una quimera, para el nacionalismo catalán. Y aquí es donde, a mi modo de ver, ha de entrar la principal misión en la Legislatura de la vicepresidenta: ha de elaborar, pienso, un plan de comunicación mirando a las opiniones públicas. A la catalana y a la del resto de España, que difieren no poco. Pretender que ambas opiniones públicas piensan lo mismo y han de regirse de acuerdo con las pautas marcadas desde la plaza de Sant Jaume o desde La Moncloa, es un diagnóstico a mi entender erróneo y, por tanto, un disparate. Como lo era pretender regular las relaciones con lo más díscolo de Cataluña a golpe de abogacía del Estado, tesis que me parece que la abogada del Estado Sáenz de Santamaría ya ha abandonado.
 
La política la hacen las personas, y sin duda el talante y el talento de una persona, de una sola, puede hacer avanzar mucho o retroceder mucho –véase, si no, el caso de Pedro Sánchez—una situación delicada. Yo, lo admito, confío bastante en las dos cualidades antedichas de la vicepresidenta: tiene buen talante y ha demostrado talento. Más nos vale que acierte, porque, después, ay, no hay nada sino una especie de caos.
 
Cenáculos y mentideros
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