Yo sólo voy a la huelga por moda

Manifestación contra la violencia sexual contra las mujeres
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Aún me escuecen las palabras, propias y de amigas, un 15 de mayo en la Puerta del Sol. “Claro, justo ahora hay que discutir si terminamos las palabras en a”. “No podemos dividirnos”. “Primero la precariedad, luego ya veremos”.

En mayo hará siete años de aquello. Veníamos desde provincias a comernos Madrid y de paso una crisis bien gorda. Y no teníamos tiempo para feminismos.

Y tanta carrera y tanto máster y tantos idiomas y tanto contrato de formación sin comprender que para que algo exista el primer requisito es poder nombrarlo. Feminismo. Fe-mi-nis-mo.

Buscábamos igualdad sin nombrar a la bestia. El monstruo ubicuo que nos predestina a cargar con las tareas de la casa, a tener un empleo parcial y cuidar de los hijos, a cobrar menos, a abandonar carreras laborales y no tocar poder, a ocupar trabajos infravalorados o, directamente, aquellos denigrados solo por haber sido tradicionalmente femeninos.

Lo intuíamos. Entendíamos el fondo. De todo lo que hay entre Beauvoir y Despentes algo quedó en nuestras cabezas. Pero ensombrecido por todo lo tremendamente urgente y ‘universal’ que hay entre Marx y Chomsky. Tuvo que ser una moda, una tendencia, un puñetazo sobre la mesa de unas cuantas.

Nos preguntaron si no era suficientemente universal una enfermedad que ataca a la mitad de la población mundial. ¿No es lo bastante urgente el asesinato selectivo de más de 900 mujeres (desde que decidimos llevar la cuenta) a manos de sus parejas o exparejas?

Gracias, compañeras impulsoras de esta nueva ola del feminismo español. Gracias también a las que llevan toda la vida luchando y hoy abren los brazos para recibirnos. Nunca pude seguirle el ritmo a las colecciones de Amancio Ortega (quién puede, por Dios bendito, y quién quiere) y sin embargo, gracias a vosotras, por fin siento que voy a la moda.

Claro que aquellas palabras me avergüenzan y me irritan. Pero el picor se me pasa cuando veo esta florida tendencia a querernos, preferiblemente y si puede ser sin molestarles a ustedes mucho, vivas. Y con el mismo dinero y el mismo poder, ya que lo preguntan.

Fuimos unas ilusas, pidiendo igualdad mientras negábamos el poder del sello que nos clasifica según nuestra entrepierna. Pero todo aquello que dijimos se me olvida también cuando me acuerdo de mi abuela María, arrolladora y poderosa, que murió convencida de que los hombres son mejores y más importantes.

Gracias, compañeras, diseñadoras de este portentoso otoño- invierno feminista, por recordar que la bestia tenía un nombre.

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