Trump, año I: vicios y virtudes del presidente que engulló al país hegemónico

Donald Trump, presidente de EEUU
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Del “America First” al “países de mierda”, referido a muchos Estados africanos, hay cincuentas y dos semanas repletas de excentricidades que sepultan tanto las derrotas como los éxitos del presidente Donald Trump en el imaginario colectivo del planeta. Racismo institucional, éxito económico, el veto migratorio o la elección vitalicia de un juez conservador para el Tribunal Supremo son noticias que parecen haber quedado sumergidas tras solaparse unas a otras.

Una persona que toma doce Coca-colas al día, ve 8 horas de televisión y que decide bombardear un país (Siria) en mitad del postre de la cena. Una persona así es el presidente de Estados Unidos.

Las expectativas previas de cada uno respecto al mandato de Donald Trump influyen parcialmente en el análisis de su primer año de legislatura. Hay quien temía un ejercicio (aún) más conservador y extremista. La realidad es que el presidente de EEUU ha decidido enfrentar el declive internacional del país acometiendo la denominada ‘estrategia del loco’ (‘Así se domina el mundo’, Pedro Baños, editorial Ariel). Táctica que exige, en cualquier caso, habilidades innatas para parecerlo.

Acciones imprevisibles que descuadran tanto a sus enemigos como a sus aliados que optan por no azuzar mucho el árbol no vaya a ser que caigan los frutos sobre sus cabezas. Así se podría resumir la actitud geopolítica de Donald Trump en su primer año de legislatura. El presidente ha decidido aislar al país más influyente del planeta con la retirada de EEUU de varios acuerdos (Cambio Climático de París) transnacionales y recuperando viejos aliados (Arabia Saudí e Israel) en detrimento de Cuba e Irán.

La explicación que otorga Trump a las políticas proteccionistas es la necesidad de renegociar los tratados internacionales para que éstos se ajusten más a las necesidades y exigencias estadounidenses. No obstante, no hay noticias de esos procesos de negociación. La ruptura ha sido unilateral.

El procedimiento que ha llevado el presidente en esa materia es otro ejemplo más de su impulsividad y autoritarismo. El aquí y ahora como forma de vida. Así llevó a cabo el primer veto migratorio que realizó a países con mayoría musulmana. Este plan fue inicialmente abortado por la Justicia hasta que la Corte Suprema decidió otorgar una medida cautelar que da ‘luz verde’ (por ahora) al veto.

Los primeros 365 días de Donald Trump como presidente no son muy diferentes a su pasado. Actitudes semanales (tildadas de) racistas. Desde la insistencia para construir el muro divisorio con México, la reforma migratoria que pretende expulsar a miles de personas migrantes, algunos de los cuales llevan décadas en EEUU, hasta su respuesta a los sucesos racistas (atropello masivo) de Charlottesville.

El presidente no diferencia entre una manifestación que exige derechos civiles para la comunidad negra y una organizada por neonazis. Para él hubo violencia “en ambos lados”.

La política de Trump es más mediática que ejecutiva. Lo suyo son más los tuits de madrugada, los insultos a periodistas, o las excentricidades que protagoniza en público. El presidente es consciente de la base social blanca y de clase baja que lo sostiene en el 38% de popularidad. Las clases altas de Wall Street también lo aúpan, pero de ningún modo representan al 1% de la población.

El establishment está encantado como Donald Trump. Sobre todo desde que decidió realizar la reforma fiscal más profunda del siglo XXI en Estados Unidos. La medida llevada a cabo por alguien que vincularon con el anti-establishment beneficia particularmente a las rentas más altas y a las empresas, a quienes ha reducido considerablemente el gravamen.

Una medida arriesgada a largo plazo, a pesar de que en un inicio se prevé el retorno de inversión de empresas deslocalizadas fiscalmente en el extranjero. La reforma de Trump no incluye un recorte en los gastos, por lo que el endeudamiento parece ser la única forma de ejecutar la medida. Una realidad que dificultaría el plan ‘maestro’ del presidente. Relanzar una carrera de infraestructuras que rebaje aún más el desempleo.

Esta no ha sido la única medida aplaudida por su propio partido, el Republicano, que en líneas generales ha permanecido a un lado y en el ‘yo no sé nada’. El nombramiento vitalicio del juez Neil Gorsuch para el Tribunal Supremo, restableciendo así la mayoría conservadora en el órgano, ha sido tan celebrado como el éxito económico del primer año de legislatura.

La tasa de desempleo de EEUU esté en su nivel más bajo desde el pasado siglo al mismo tiempo que Wall Street y el índice Dow Jones rozan sus récords históricos.

Todo eso sucede mientras el Partido Demócrata no ha empezado ni siquiera a lamerse las heridas. El vacío es tan grande entre los demócratas que ha empezado a sonar el nombre de la periodista Oprah Winfrey como posible candidata del partido para las elecciones del 2020.

El único éxito parcial que pueden colgarse los demócratas es el fracaso de Donald Trump a la hora de derogar el Obamacare. Una derrota que se explica más por el ‘no’ del senador republicano John McCain que por la diplomacia del Partido Demócrata.

Donald Trump presidente cumple un año tan lleno de excentricidades que minimiza mediáticamente sus fracasos como sus éxitos. Este es el comienzo de un presidente que en su primer año engulló al país hegemónico.

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