Thundercat rescata el soul funk elegante en ‘Drunk’

Thundercat
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A mediados de la década de los setenta del pasado siglo, un compañero de mi clase se compró un fantástico equipo esterefónico. Y solia invitarnos a su casa para que escucháramos discos. De vinilo, por supuesto. Pocas veces he tenido una sensación como la que tuve entonces al oír sonar la música.

Después el mp3 y el resto de archivo comprimidos terminó con todo eso. Pero ese mundo maravilloso aún puede ser invocado cuando la aguja de un buen plato empieza a recorrer los surcos de alguno de aquellos álbumes maravillosos. Era una delicia dejarse mecer por las acústica de Alun Davies en los discos de Cat Stevens.

O por la voz inconfundible y los teclados de aquel Stevie Wonder en estado de gracia. O, como por, aquellos discos de funk-soul elegante. Las voces de Al Jarreau, las guitarras de Jay Graydon, que fue uno de los músicos favoritos de Antonio Vega. O The Crusaders. O Little Feat. O George Duke. O, por supuesto, Robert Palmer. Y Elkie Brooks.

Luego a todo eso, algunos criticos listos lo llamaron música adulta. Pero no se han grabado discos mejores para escuchar con un martini bien frío congelándote las manos antes de la comida. Ni para anticipar los bailes, cualquier noche de verano, después de una cena lígera. Mejor, por supuesto, si estamos al borde de una piscina iluminada.

Serán escenarios apolillados y con olor a naftalina. Y estarán en el mismo trastero donde se guardan las cintas de video betamax con las integrales del James Bond de Sean Connery. Pero si se acercan a este estilo con unas orejas desprejuiciadas y amordazan al pesadol del ‘hipster’ que siempre les acompaña, lo mismo descubren la magia.

Y eso es lo que ha debido pasarle a Thundercat. Un virtuoso del bajo, que también canta con estilo y que se llama en realidad Stephen Brunner. Un tipo bien relacionado que aparece en los créditos de un montón de discos modernos y tiene amigos, fuera de toda sospecha como Kendrick Lamar o Flying Lotus.

Esos dos tipos a la última ha colaborado en ‘Drunk’, el tercer álbum en solitario de este artista y el primero que se marca en cuatro años. Ha estado, ya digo, muy ocupado en ese tiempo, actuando y grabando con casi todo el mundo. Por eso la nómina de celebridades de este disco es amplia.

Además de Lamar y Flying Lotus aqui también han puesto su granito de arena Wizz Khalifa, Kamasi Washington y Pharrell Williams. Pero, como los músicos omnívoros no sólo se alimentan de estrellas a la última, Thundercat también ha llamado a Michael McDonald y Kenny Loggins dos viejos leones del soul blanco.

Ellos sí que aseguran la conexión entre este disco y el paraiso estereofónico de mi infancia. Son 51 minutos de música elegante que se extienden a lo largo de 23 canciones de bajo minutaje que no llegan a cansar en ningún momento. Puede, eso sí, que le falte uno de esos singles abrasadores que le dan sentido a todo.

Pero hay muchos temas interesantes, como ‘Friend Zone’, mi canción favorita del disco por el momento, ‘Inferno’ o ‘Them Changes’. Y así otras 20 más. Más o menos del mismo porte. Evidentemente, suena como un tiro en y se aprecia la pericia instrumental del resto de los músicos que han intervenido aquí. Que tampoco son mancos.

En absoluto. Más bien todo lo contrario porque nos encontramos aqui con los mejores músicos de sesión de la Costa Oeste de EEUU. Como los teclistas Dennis Hamm o Taylor Graves, o los baterías Louis Cole y Deantoni Parks. Entre otros. Sin olvidarnos de los artistas, como buena parte de la familia Isley, que han ayudado a Thundercat a terminar las canciones.

Un disco bueno de verdad, más allá de la nostalgía que provocará en muchos oyentes de mi quinta. Y más que recomendable. Por ponerle un pero, echamos en falta algún centelleante sonido de guitarra jazz-rockera que hubiera añadido color instrumental al asunto. ¿Cuál sería el problema? ¿No hubo manera de conseguir meter en un avión a Jeff Beck? Una pena, en cualquier caso.