Señor Presidente de los Estados Unidos de América, el anuncio de que hoy reconocerá a Jerusalén, la ciudad tres veces santa y con mayor densidad histórica del mundo, como capital de Israel y el traslado consiguiente de su embajada establecida en Tel Aviv tiene el aire de una provocación gratuita. Declarar que la decisión en nada prejuzga los límites de la soberanía en discusión requeriría derogar la ley de la gravedad. Está claro que se trata de una maniobra de diversión para cambiar el foco y aflojar la presión mediática sobre el rusiangate que ya le pisa los talones. Atentos.
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