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Surrealismo político

Poco a poco la política española se ha venido deslizando de la incongruencia tradicional al más puro surrealismo de tertulia de taberna. Cuando se abren las páginas de un periódico, se escucha un noticiario radiofónico o se ve un telediario, la capacidad de sorpresa salta hecha añicos. Todavía no nos hemos repuesto del shock de la resistencia numantina de Cristina Cifuentes a abandonar la poltrona en que tan cómoda se siente y ya el esperpento nacional nos despierta con otra de sus creaciones rayanas en lo inconcebible.

En el juego del surrealismo en que se ha entrado, nadie se libra. Ni siquiera Montoro, el venerable ministro de Hacienda se ha resignado a quedarse al margen del ruido que ensordece y perturba nuestra paz. Montoro nos ha dejado atónitos – si es que aún eso es posible – asegurando, con la convicción de un hombre de fe que piensa que todo el mundo es bueno, que los secesionistas catalanes no recurrieron al dinero público, es decir, el de todos, para financiar la voluntad de una parte. No opina lo mismo ni la Guardia Civil, que entró en los despachos y manejó los ordenadores, ni el juez Llarena que se malversaron un millón novecientos mil euros.

Montoro patrióticamente aprovechó para dejar tan firme convicción el día en que el Tribunal Supremo enviaba a Alemania pruebas contrarias en apoyo de la solicitud de extradición del prófugo Puigdemont. Bien es verdad que la separación de poderes existe y hay que ejemplificarla. Y no se puede condenar a nadie por algo que no ha hecho. Pero, hombre, en el calamitoso Gobierno que tenemos podrían ponerse de acuerdo, no por nada a la hora de decir las cosas, mayormente para no hacer una vez más el ridículo.

Claro que el surrealismo del Ejecutivo no es ni único ni menor que los que protagonizan sus opositores: empezando por la gresca, previsible pero no tan escandalosa, entre los líderes de Podemos y sus mareas, que han superado la fase de marejadas y empiezan a cobrar carácter de galernas. Y por supuesto, el rifirrafe de dimes y diretes de la oferta, o lo que sea, que alguien del PSOE le ha hecho a Manuela Carmena para que encabece la lista socialista, algo que nunca ha sido, de Madrid en las próximas elecciones. Al menos es lo que se afirma y es tan inconcebible y resulta tan ridículo que sea verdad como lo sería que ella aceptase.

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Diego Carcedo

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