Sirenita suicida y pececitos de colores en la bahía de La Habana

La Habana

Bahía de La Habana

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Corrían los años ochenta del siglo pasado cuando entre demasiados tragos de ron barato, a la enana Cachita le dio por suicidarse en plena bahía habanera. Sufría la pequeña, pero inmensa en amores, una depresión en esas lides que la impulsó, junto al alcohol, a privarse de la vida sin aceptar consejo alguno.

Como quiera que entre sus amistades se incluían varios jóvenes veteranos de guerra en tierras africanas también a esas alturas de la noche con excesivo ron garganta abajo y para nada ajenos al concepto muerte, optamos todos por acompañar en vida a la sirenita despechada a su descanso eterno. Alguien le hizo el favor de subirla al muro cercano a la hoy terminal fantasma de cruceros.  Cachita no optó por despedida alguna. Se lanzó a la mar luego de mirar en lontananza al iluminado Cristo habanero. Muy puta al sano decir, pero devota hasta el último momento.

Transcurridos unos treinta segundos del letal empeño, la suicida de amor no se hundía. Pataleaba y braceaba en frenético desorden envuelta en una gruesa capa de petróleo junto a restos de maderas, plásticos de diferentes tamaños, animales muertos y otros objetos flotantes no identificados en medio de la oscuridad. Cachita era insumergible. Hombre al agua y volvió a tierra firme todavía pedaleando al aire. Al día siguiente tuvo que rasurarse el cabello porque no había champú o desengrasante capaz de quitarle tanto hidrocarburo e inmundicias en la cabeza y el resto de su diminuta geografía.

Cuatro décadas después, paso en compañía de Oscar, fotógrafo de profesión, por el lugar del suceso. Ni gota de petróleo ni desperdicios lanzados al agua transparente y casi cristalina. Un año bajo el inclemente azote de la Covid-19, una severa crisis económica y un desvío de embarcaciones hacia la zona franca de El Mariel se han encargado de limpiar la bahía.

Ciertamente, los fotógrafos tienen una mirada especial que los distingue de los demás. El amigo llegó a captar pequeños peces multicolores en apacible coreografía de ballet acuático. Quien suscribe no lo asegura porque Cachita le salpicaba de pies a cabeza y no se le alejaba de la mente en su fallido y tragicómico auto sacrificio. Eso sí, la bahía permanecía tan limpia como cuando atracó el primer navío español al mando de Pánfilo de Narváez hace unos cuantos siglos atrás.

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