Cuba

Polvo del Sáhara, lluvias, derrumbes, apagones…

Cuando un burócrata no encuentra una justificación correcta ante determinada problemática o reclamo de las gentes, y te suelta como ventrílocuo de circo callejero que la decisión vino de “arriba” es como para pensar casi siempre en lo peor.

La Habana. Foto: Mauricio Alonso
La Habana. Foto: Mauricio Alonso

Todo, absolutamente todo, caído desde diferentes alturas sobre la gente en Cuba. Y todavía así alguien, como resguardado en un búnker o jugando a ponerle el rabo al burro, osa pedirnos que seamos felices, con sonrisas de cordal a cordal.

Nuestro benemérito Eusebio Leal, que ojalá descanse en paz, en alguna de sus brillantes oratorias dijo algo así como que todo lo bueno o malo que le ha sucedido a la isla, había venido por mar. En efecto, pero lo traicionó la memoria al no incluir el cielo y no como paraíso anunciado en parroquias vecinales.

Obviamente, en dependencia de la altura, que no es lo mismo un desplome del techo que ese molesto polvo con olor a camello que llega hasta nuestros pulmones desde kilómetros de elevación luego de viajar por todo un océano o la picada de un mosquito que se lanza sobre el brazo a 50 cm de altitud para regalarte un dengue en ocasiones letal.

Por ello, cuando un burócrata no encuentra una justificación correcta ante determinada problemática o reclamo de las gentes, y te suelta como ventrílocuo de circo callejero que la decisión vino de “arriba” es como para pensar casi siempre en lo peor.

A pesar de los pesares, de posibles contradicciones humanas, acudamos a esa sabiduría acumulada durante siglos y gritemos a coro que, a mal tiempo, buena cara. Ustedes primero, que les seguiré entusiasta y confiado en mejores momentos llegados desde el cielo y aquellos venidos por mar.

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