La nueva sede del regulador costará el doble de lo previsto y su construcción arrastra años de retrasos. Dice mi jefe que para desgracia de los que siempre hablan de la singularidad española parece que siempre surge algún caso que empaña la ecuación. Es el caso de la nueva sede del Banco Central Europeo (BCE). El rascacielos, de 45 pisos, va a costar más del doble de lo previsto. Además, se va a inaugurar a finales del 2014; tres años más tarde de lo que se creía.
No deja de ser un caso sintomático de una región -la zona del euro- que durante años no ha podido cumplir con ninguna de las expectativas depositadas sobre sus gobernantes comunitarios. Los sucesivos rescates a países como Grecia o Portugal no sólo no han solucionado el problema de base sino que, además, tampoco han cumplido los plazos que se planteaban en un principio. La crisis nos ha salido a todos más cara y además ha sido más larga. O es más larga, que esto todavía no ha acabado.
En cualquier caso, hay un dato curioso en el asunto del BCE. Y es que sus constructores son empresas públicas alemanas. Los retrasos, por tanto, no son novedad. Ahí está el aeropuerto de Berlín -el nuevo- como prueba de ello.







