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¿Recuperan los ciudadanos su dignidad?

Carlos Humanes, editor de Elboletin.com

Durante los últimos días, se ha vuelto a contemplar como la sociedad manifestaba su rechazo a los recortes indiscriminados de que está siendo objeto. La mitad de la semana se ha visto marcada por las protestas en el sector de la enseñanza. Un despliegue sin precedentes, con el que profesores, padres y alumnos, todos unidos se han movilizado contra la Ley de Educación impulsada por el ministro del ramo José Ignacio Wert. El consenso alcanzado entre los colectivos de este sector, con intereses a veces dispares, para levantarse contra una reforma pacata, impuesta y ‘curil’ es algo completamente inédito en España.

La escaramuza ha revelado además como ideóloga y principal valedora del polémico proyecto a la secretaria de Estado de Educación, Montserrat Gomendio. Tanto ella como su jefe y actual pareja sentimental, el propio Wert, se han empeñado en intentar trasladar a los impulsores de la movilización de protesta, la responsabilidad de no haber aportado alternativas a la reforma educativa que propone el Gobierno.

A unos grupos de todo el arco ideológico y profesional, como demuestra el hecho de que el proyecto de ley haya sido rechazado por la oposición al completo, que no han sido escuchados en ningún momento a lo largo de un dilatado trámite parlamentario en el que se han presentado numerosas enmiendas y un gran número de propuestas. Todas ellas desestimadas una y otra vez por el Ejecutivo y aprobada el pasado 10 de octubre en el Congreso con el único apoyo de los votos de los parlamentarios del PP, gracias a su mayoría absoluta.

El viernes en Oviedo se asistía también a otra manifestación del rechazo popular a las políticas de recortes que están devastando a la sociedad. En esta protesta, que se desarrolló a las puertas del Teatro Campoamor, donde iba a celebrarse la entrega de los Premios Príncipe de Asturias de 2013, se pudo observar una abundancia inédita de banderas republicanas, entre los ciudadanos de una autonomía y una ciudad, tradicionalmente muy monárquicos y orgullosos de que el título que ostentan los herederos de la Corona incluya el nombre del territorio donde viven.

Han sido, en fin, dos muestras de cómo la sociedad comienza a despertar del estado de shock en el que la han sumido unos políticos que se han dedicado con profusión a culpabilizarla achacando todos los males que llueven sobre nuestras cabezas a la desmedida afición de la gente por vivir por encima de sus posibilidades.

Una forma de esconder la realidad, por medio de una dialéctica manipuladora. De obviar el hecho de que padecemos una crisis gestada en los despachos de los grandes financieros internacionales que afectó luego a las empresas privadas y cuyo coste, social y monetario, ha recaído al final en los ciudadanos de a pie.

Por eso, estos brotes de contestación renovada abren la puerta a la esperanza de que la población recupere las banderas de su dignidad y su autoestima y exija a responsabilidades a quienes provocaron el desastre. Unos culpables que parecen dispuestos a escapar al castigo que merecen, apoyándose en el escaso talento de los representantes políticos que, en realidad, sólo tendrían que preocuparse de defender los intereses de quienes les votaron.

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