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Caldera y la calderilla

Sí, ya, que dice Jesús Caldera que las donaciones de empresarios al PSOE entran dentro de lo legal y por lo tanto legales son. Claro, por supuesto. Es como en el caso de Bárcenas, la gente iba a Génova, conocía a este contable tan simpático y se iba dejándole unos duros en un sobre a cuenta de la entrañable amistad que se acababa de producir, una corriente eléctrica de simpatía espontánea, como en aquel anuncio que se preguntaba qué pasa cuando un desconocido te regala flores. Cierto es que aquel donativo tenía los mismos propósitos que las velas que se encienden a San Expósito: lograr un contrato con la administración. Legal, por supuesto, pero tan asqueroso como parece.

De momento la casta política no tiene una respuesta para aclarar qué relación hay entre constructores que pagaban y favores que aparecían recubiertos de concurso público que estaba mas cantado que el Gordo de Navidad. Los vericuetos de un entramado de empresarios afines, (afines tanto al PSOE como al PP), no terminan de convencer a la opinión pública que se indigna con razón porque ven como el reparto no salía de los mismos e iba a parar a manos de tipos que pregonaban tener ideología cuando en realidad deberían decir que todo era chequera. Lo que hubo sería legal, claro, pero apesta a tortilla de huevos rancios. Lo que alguien donaba con una mano luego esperaba recibirlo en forma de concesión de terreno, autopista o gran obra pública. Lo del Plan E era para pardillos, lo gordo ya lo cocinaban directamente en Ferraz.

En una maniobra de despiste pretenden hacernos ver que todo era calderilla, (por eso responde Caldera), un juego inocente de personas que preferían donar a un partido político incluso antes que hacer frente a sus deudas porque en un partido se han visto milagros siempre dentro de la legalidad vigente, hasta que esa legalidad se convertía en algo nauseabundo que les ha pringado los dedos.

La neolengua a la que nos quieren someter es sonrojante, cansa nada mas ser pronunciada. Y así los “pilles” se llaman donativos, los préstamos se ignora si hay que declararlos a Hacienda, y las ayudas a la vivienda se toman como indemnizaciones por estar en política. Todo eso ha ido bien mientras el empresario de turno mantenía la mamandurria de estos desahogados que tanto presumen de legalidad y de transparencia. En realidad se han reído de sus votantes y de Pablo Iglesias un rato largo. Por supuesto, otra vez: reírse es muy sano y plenamente legal.

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Caldera y la calderilla

Rafael Martínez-Simancas

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