Hoy mi jefe tampoco estaba, y ya les ofrezco mis más sinceras disculpas de antemano, pero es que el hombre lleva un par de días corriendo de aquí para allá, haciendo entrevistas, escribiendo no sé qué y cenando con no sé quién. Todo sea para que esta humilde oficina pueda seguirle abriendo la puerta por la mañana a sus encantadores empleados.
El caso es que no hay mal que por bien no venga, dicho de forma egoísta. Porque hoy había dos preguntas posibles para formular: las previsiones de la Comisión Europea (que constatan que eso de la recuperación queda aún algo lejillos) y las elecciones italianas.
En el primer caso el tipo hubiese reaccionado, muy probablemente, diciendo que los burócratas de Bruselas son una panda de tarados (¿saben que la recuperación se aleja por los recortes y todavía quieren ‘más’ ajustes?) y que nuestro querido Gobierno, además, no hace otra cosa que no sea seguirles el juego. El mosqueo estaba garantizado.
En el segundo caso, me hubiese echado la bronca diciéndome que por qué me empeño en preguntarle sobre Italia. Que ‘nadie’ -¡nadie!- sabe qué demonios va a suceder en ese país hasta que sucede. El mosqueo, por tanto, estaba también garantizado. Así que lo dicho: mejor así. Y discúlpenme otra vez.
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