Le estaba explicando a mi jefe que el Comité sobre la Supervisión Bancaria de Basilea (BCBS, por sus siglas en inglés) y la Organización Internacional de Comisiones de Valores (IOSCO) han publicado su propuesta final sobre los requerimientos que se van a exigir para que los productos derivados estén bajo la supervisión de los reguladores correspondientes. Y al llegar a ese punto mi jefe me ha interrumpido.
«En Basilea están los basiliscos». En plata: que a Basilea ni caso, que si de ellos dependiese aquí no se movía un dedo y esos productos tóxicos no iban a estar pendientes de regulación ninguna. Ahí los poderes públicos no pintan nada, y ellos deben ser los que impulsen, de una vez por todas, una regulación a escala global.
Esta clase de herramientas financieras –como los CDS o los CDO- han sido utilizadas durante años. El problema son las consecuencias. Ese es el verdadero temor de los expertos: la incapacidad de vaticinar el efecto concreto que podría tener un colapso de determinados productos porque, al no estar controlados, no se sabe dónde están ni cuántos son.





