España ha vuelto al pozo tras una breve temporada en la que pareció rozar la gloria. Y los españoles deberían estar contentos. Al menos, esa es la opinión de algunos analistas internacionales que ven brotes verdes en la situación actual porque, según ellos, todo está listos, para que las empresas internacionales creen puestos de trabajo en el país.
Lo decía esta semana Financial Times en un editorial modélico. Gracias a la reforma laboral resulta cada vez más atractivo invertir en España. Y la desregulación del mercado laboral dará fruto, entre otras cosas, porque no hay, por ahora, un país europeo, donde se pueda encontrar mano de obra más barata, más desprotegida de derechos y más dispuesta a negociar a la baja su retribución salarial para apoyar esa competitividad que nos hace tanta falta.
Y si con esto no fuera bastante para captar el interés de estas grandes empresas extranjeras que van a convertirse en las próximas empleadoras de los españoles, bastaría con añadir al menú la actitud excelente de la clase política nacional, capaz de cambiar las leyes para hacer al interesado el traje a la medida que necesite. Todas ellas. No sólo alguna que otra, como ha sucedido, por ejemplo, en Madrid, con Sheldon Adelson y su 'Eurovegas'. Aquí hasta se cambia la constitución si llega el caso.
Y ojo, lo hace la derecha, ahora en el poder, pero también la izquierda, como pudo apreciarse en aquel brillante pacto forjado por Zapatero y Rajoy cuando esté aún estaba en el poder y que convierte a España, en virtud de lo que consta en su Ley Fundamental, en un país donde sus ciudadanos tienen la obligación prioritaria de pagar sus deudas. Incluso si les toca 'morirse de hambre' para conseguirlo.
Un bonito panorama que, como puede verse, nos asegura la próxima llegada de un batallón de 'misters marshalls' que no van a proporcionar empleo, una vez que se hayan quedado con nuestras principales empresas. Y eso que alguno de los que han aparecido por ahora, hasta el momento han empleado una estrategia distinta: quedarse con los activos buenos de las empresas adquiridas y poner en la calle a la plantilla española. O al menos intentarlo.
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