En cuanto me enteré de que el becario Bartolo había tenido que acudir en misión de alta prioridad a Bruselas y de que sería yo la encargada de sustituirle, empecé a temerme lo peor. Pero no me imaginaba que sería para tanto cuando le pregunté a mi jefe sobre los dichosos 50 iPads que los diputados del Congreso han extraviado en menos de un año de legislatura.
Me las vi y me las deseé para explicarle a mi jefe que no, que no se trataba de una broma pesada de Santos Inocentes, que era cierto que el 15% de los diputados de la Cámara baja habían perdido el iPad que reciben al ser elegidos, y que al pedir uno de sustitución habían agotado las reservas del Parlamento para estos casos. ¡Y aún les tenía que durar otros tres años, mínimo!
Así que después de convencer al señor que me paga el sueldo, éste se ha acordado de todos los antepasados de los señores diputados, y me ha indicado, indignado, que no sabe qué ejercicio están llevando a cabo si no es el de convencer a la sociedad de su total inutilidad. “Con la que está cayendo, si lo pierden que se compren otro ellos”, me ha dicho.
Me ha dicho mi superior que esto es una falta de respeto y también de responsabilidad como representantes electos de la soberanía popular y que, en términos castizos, esto es lo que se llama “tener una jeta de cemento”. Así que, después de resolver mi duda, me ha colgado, diciéndome que no le calentase más, no fuera a ser que nos hiciésemos famosos.







