Se nos ha ido Santiago Carrillo, uno de los personajes más destacados y quizás por eso más polémicos de la historia contemporánea de España. Tenía noventa y siete años vividos con toda la intensidad imaginable y hay que añadir que fueron cerrados con la mayor lucidez de su valorada inteligencia. Hasta el último momento nos sorprendía casi a diario con sus análisis siempre actualizados y clarividentes. Muchos de cuantos pertenecemos a generaciones más jóvenes nos criamos en la creencia propiciada por la Dictadura y sus muñidores de que era un monstruo, una reencarnación del terror, el coco que amenazaba nuestros sueños, hasta que la Transición nos reveló la realidad de un ciudadano con ideas a menudo inasumibles, pero revestido en sus planteamientos de sensatez y del mejor ánimo de convivencia con quienes no pensaban lo mismo.
Bien puede decirse que con Carrillo se ha cerrado uno de los capítulos más complicados, a menudo sangrientos y tristes y a menudo prósperos y fructíferos, de los anales de nuestro país. Desde la Revolución de Asturias hasta hoy nada le fue ajeno, siempre se mantuvo firme en primera línea en defensa de sus dos ideales más firmes, la democracia y la justicia social. También hay que apresurarse a añadir que lejos de lo que cabría suponer de un comunista convencido y militante, permanentemente supo evolucionar, adaptarse a los tiempos, adelantándose a romper con el stalinismo cruel de los gulás o, ya de regreso a España, después de muchas décadas de exilio, encabezando con gran sacrificio para su liderazgo las renuncias que imponía la recuperación de la democracia perdida en la guerra.
Carrillo murió conservando algunos de sus enemigos irredentos, que seguramente no intentaron en ningún momento valorar objetivamente su contribución a la convivencia entre los herederos de ambos bandos contendientes ni quisieron aprovechar sus planteamientos brillantes sobre los problemas actuales. Pero la coherencia de su actuación durante tanto tiempo y la oportunidad de sus aportaciones a la vida pública, le han reivindicado plenamente con la mayor parte de la sociedad, y en esa mayor parte con una buena representación de sus antiguos adversarios. Santiago Carrillo tendrá, sí, un recuerdo en nuestra historia que sin duda alguna las futuras generaciones, ya sin resabios del pasado, sabrán valorar.
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