Cascos, cuando en Madrid le llamaban “el general secretario” estaba acostumbrado a movilizar legiones, nunca se habría planteado tener que acudir a los tribunales para discutir treinta y cinco votos que son los que han hecho que el escaño definitivo en Asturias fuera a parar al PSOE. Por treinta y cinco votos no daba un mitin en aquellos años en los que le sobraba poder como para cortar las calles de Córdoba en su boda.
A Cascos la presidencia le ha durado más bien poco pero el estropicio que le ha hecho al PP en el Principado va para largo, no sólo ha fulminado a dos candidatas, una detrás de otra, sino que también le ha restado votos con su formación. Un entendimiento entre el FAC y el PP parece menos probable que Griñán pueda nombrar vicepresidente a Javier Arenas. Hay odios tan fuertes que generan dinastías y sobre ellos se pueden crear novelas que serían propias de un realismo mágico y descarnado.
A Cascos como político le forjó aquel PP de Fraga del que también salió Aznar, pero a Cascos “el díscolo” le ha forjado Rajoy en persona con la ayuda de Cospedal que fue incapaz de atender sus llamadas. Tanto que presumía Gallardón y resulta que el verso suelto del PP era un asturiano que llegó a vicepresidente de un Gobierno de mayoría absoluta, y Gallardón acabó liándose con discursos rancios acerca de la maternidad. En cambio Paco Cascos escogió el camino de la disidencia que tan rentable le ha salido, sobre todo por lo que haya podido fastidiar a sus viejos enemigos de la calle Génova.
Si no gana en los juzgados habrá perdido la batalla por treinta y cinco votos que proceden de la emigración, y por lo tanto tendrá que desalojar el despacho pero que le quiten lo bailado y la sonrisa de haber alcanzado la presidencia cuando en el PP le tenían por “sexagenario” agotado.







