Esta última semana en Madrid ha tenido lugar el Encuentro Financiero Internacional 2012 organizado por Bankia, un cónclave por el que ha desfilado la flor y nata del sector junto a los máximos representantes del poder político español, incluidos el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, y el líder del principal partido de la oposición, Alfredo Pérez Rubalcaba.
Durante la reunión los primeros espadas de bancos y cajas de ahorros han desgranado de nuevo sus dos argumentos habituales a la hora de justificar su escasa disposición actual a la concesión de préstamos. A saber, que no conceden créditos porque no se los piden y quienes si lo hacen no tienen la solvencia necesaria para pagar, ni ofrece garantías suficientes.
A algunos observadores, les resulta chocante que en una situación como la actual, de fuerte depresión económica, no se produzca una desbordante demanda de crédito. Sobre todo cuando es justamente la escasez de circulante la que ahoga a muchas pequeñas empresas.
Más aún, el propio Gobierno ha reconocido como problema de Estado el volumen de los impagos que las corporaciones locales y los ayuntamientos que grava a sus empresas suministradoras hasta el punto de paralizar su actividad, en muchos casos. Por eso mismo, resulta complicado imaginar que estas compañías, grandes o pequeñas, provistas de los documentos acreditativos de las correspondientes deuda, no se hayan dirigido a las entidades financieras a intentar cobrar algo.
Por lo tanto, no parece que sea del todo cierto que no hay demanda de crédito, ni que esa demanda no sea solvente. Más bien, lo que quizá suceda es que volvemos a toparnos con la raíz de la situación que ha llevado al sistema financiero a su situación actual, una incapacidad ‘tecnológica’ notable para gestionar el riesgo, que es el corazón de su negocio, provocada por la falta de profesionales adecuados y con conocimientos suficientes para desarrollar este trabajo vital.
Da la impresión de que los bancos no tienen la plantilla adecuada para afrontar esta situación de escasez. Quizá porque en los tiempos de abundancia, cuando se creyeron casi dioses, las entidades financieras estuvieron tan seguras de que habían acabado por completo con el riesgo que procedieron a despedir, por la vía de las prejubilaciones, a los empleados que sabían hacer banca minorista.
Pero el sistema de atomización del riesgo, por la vía de los derivados y las titulizaciones, entre otras maravillas de la ‘ingeniería financiera’, no funcionó como se esperaba. Más bien contribuyó a multiplicarlo. Y para cuando las burbujas estallaron tras la ventanillas de las sucursales no había más que comerciales. Quizá capaces de vender un producto, pero sin la sabiduría necesaria para saber a quién prestar, cuánto, y a qué plazo. La pura esencia del negocio.
Lo peor es que, si se confirman algunas predicciones negativas de ciertos agoreros, la dos excusas del argumentario del sector para justificar su parquedad en la concesión de créditos, se pueden convertir en detonantes de una situación de repulsa social contra los banqueros casi inédita en la historia. Ha habido muchas protestas contra los empresarios, los especuladores, las multinacionales y un largo etcétera de figuras relacionadas con el imaginario colectivo del capitalismo salvaje.
Pero en ese infernal listado nunca había figurado el dueño de la sucursal de la esquina. Y si se incorporase, quizá sea por culpa de quienes insisten en justificar sus carencias con excusas que chocan frontalmente con la realidad que muchos ciudadanos perciben.







