El sindicato alemán del metal (y de la electrónica) ha salido a decirle a Angela Merkel que, primero, suba sus salarios y, segundo, fuerce a las empresas germanas a contratar a los trabajadores en prácticas. Visto así, algunos ya se han ilusionado pensando que los proletarios de Alemania se la van a montar en su propia casa a Doña Angela por tanto imponer recortes en Europa y perjudicar, así, a los trabajadores del Viejo Continente.
Mi jefe dice, sin embargo, que la solidaridad de clases no se huele por ningún lado. Y que el sindicato alemán -que por cierto, no se lo he dicho, responde al nombre de IG Metall- está actuando siguiendo una lógica pura: Alemania debe volver a reactivar el consumo interno. Hasta ahora la canciller se ha limitado a implantar políticas en beneficio de los bancos, pero con un sector exportador en declive necesita a los trabajadores alemanes. A los consumidores alemanes, en definitiva. Y los del metal aprovechan el tirón y la circunstancia para pedir.
Además de que tampoco hay que olvidar, dice mi jefe, que estos del sindicato fueron los que acompañaron a los socialdemócratas germanos cuando, primero, aprobaron la reforma laboral sobre la que ahora se sienta Merkel y, segundo, se empezaron a saltar los compromisos de déficit acordados con Bruselas.
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No se huele solidaridad de clase por ningún lado
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