A estas alturas del partido, es más que evidente que al sector bancario español (entendido como la suma de los actuales bancos y cajas) le sobra al menos un 30% de su capacidad instalada, según las estimaciones de los menos exigentes. En función de esa cifra, el lógico ‘achatarramiento’ de todo lo supérfluo supone el cierre de unas 10.000 oficinas en toda España y el despido de unos 50.000 trabajadores.
Esos serían los datos fríos que iba a poner sobre la mesa cualquier consultor al que se le encargara el correspondiente informe y se corresponden con el ajuste de unos activos sobredimensionados en casi un tercio de su totalidad, lo que en números, más o menos, absolutos, rondaría el billón de euros, casi la capacidad de generar riqueza de España en un año.
Semejantes cifras dan vértigo, pero también algunos números igual de impactantes se manejaron a principios de la década de los ochenta del pasado siglo cuando fue necesario llevar a cabo las reconversiones de sectores como el naval, el siderúrgico o la minería. Algo que se realizó además en un momento económico dramático para este país y políticamente convulso, con las únicas herramientas disponibles: la voluntad y una agonizante peseta.
Rajoy tiene a su disposición ahora medios mucho más poderosos, pero debe utilizarlos y, además, tiene que convencer a Europa de la necesidad de poner en práctica una decisión estratégica de estas características. Y más pronto que tarde.
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