Aunque en la letra de un famoso tango se afirmase que ‘veinte años no es nada’, trece años en materia financiera se han constituido en toda una eternidad. Ese es, poco más o menos, el tiempo que ha transcurrido desde que se produjo la crisis del Long-Term Capital Management (LTCM) en 1998.
El LTCM fue uno de los primeros ‘hedge funds’ en saltar a las páginas de la información internacional desde el mismo momento de su creación en 1994. Su responsable era John Meriwether, que había sido vicepresidente de Salomon Brothers y en su Consejo de Dirección se sentaban Myron Scholes y Robert Merton, dos economistas de prestigio que obtuvieron el Premio Nobel.
La espectacular rentabilidad anual media conseguida en sus primeros años, más del 40%, y sus revolucionarias estrategias de negociación convirtieron a este vehículo para inversores privilegiados en la última moda financiera de la época entre los grandes patrimonios. Hasta que todo se torció.
La culpa pudo ser de dos crisis financieras, la asiática de 1997 y la suspensión de pagos de la deuda rusa del verano de 1998, que hicieron añicos los modelos matemáticos de Scholes y Merton. O no. Pero en el otoño de aquel año aciago, el LTCM presentaba un agujero de 4.700 millones de dólares que hizo comprender a todo el mundo que manejar los derivados financieros era tan peligroso como jugar con nitroglicerina.
La explosión de aquel ‘hedge’ sacudió al mundo y si su impacto no resultó letal fue sólo por la actuación decidida del entonces presidente de la Reserva Federal de EEUU (FED), Alan Greenspan. La FED, investida con los poderes de una auténtica gran institución supervisora mundial, reunió a los 14 principales bancos del mundo, tanto estadounidenses como europeos, y les obligó a participar en una operación de rescate que incluyó tanto sus aportaciones dinerarias para tapar la avería, como su absoluta disposición a no ejecutar los derivados que tenían en su poder.
Por mucho que, en la actualidad, la dimensión de esa crisis sistémica parezca una nimiedad y sus cifras inviten a la sonrisa, muchos inversores comprendieron entonces que una parte del juego financiero de aquella naciente industria tenía unas características y unos riesgos potenciales que convertían a los casinos de Las Vegas en locales tranquilos y respetables.
Sin embargo, aquel aviso sirvió de poco. Y la desregulación acelerada que consiguieron imponer en el mundo los lobbies financieros, en la segunda mitad de la década pasada, ha contribuido a que, hoy por hoy, nadie sepa cuántos derivados hay en circulación, ni cuáles son los subyacentes de esas ficciones matemático-financieras, que convierten en algo casi imposible de solucionar la durísima crisis bancaria y económica en la que el mundo se encuentra sumergido.
Pero, lo cierto es que hoy, la medicina a aplicar es la misma que utilizó Alan Greenspan hace 13 años. Se necesita que una autoridad global, con poder real, llame al orden a los banqueros y les obligue a poner las cartas sobre la mesa. Tienen que detallar sus posiciones abiertas y dar un detalle exhaustivo de los activos reales que mantienen en sus carteras.
A la espera de que se produzca semejante evento continuaremos con el prodigioso espectáculo de que Alemania, la economía con el modelo más viejo de Europa y más que virtuosa en el ‘dumping’ laboral, gracias a su peso específico en el euro, siga disfrutando del privilegio de una financiación barata en la que basan su potencial y siga imponiendo al resto de los socios condiciones y ajustes que están absolutamente peleados con cualquier posibilidad de que se supere la actual crisis en un plazo razonable.
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La hora de poner las cartas sobre la mesa
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