Algunos banqueros, los más tradicionales, empiezan a estar preocupados. Saben que la percepción que de su negocio tiene la clientela se basa, sobre todo, en su capacidad de financiarles. De dar créditos. O, como mucho, de favorecer el ahorro con los incentivos necesarios.
El común de los mortales, los mortales minoristas se en tiende, sabe muy poco de ratios de solvencia, entidades sistémicas, productos híbridos y otras zarandajas. Para eso quizá sirva también un banco. Pero son otros bancos. O son los bancos de otra gente.
Por eso, quizá las entidades que hacen banca al por menor, las que no se dedican, como línea fundamental de negocios, a financiar grandes operaciones inmobiliarias o fusiones o adquisiciones o cualquier otra cosa de tamaños más o menos descomunal, temen que, si no se produce un giro en su manera de situarse en el mundo, esta crisis acabe con ellos.
Cuando no son ellos, precisamente, los banqueros de los que se habla cuando se habla de los banqueros que han arruinado al planeta.
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Los banqueros que arruinaron al mundo y los otros…
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