Si, como sucedía en los siglos del clasicismo, los hombres que marcaban época en un país, o un continente, estaban tan pendientes de su comportamiento como del ejemplo que su actuación podía suponer para las generaciones venideras, al menos desde un punto de vista ético, los protagonistas actuales de la política española tendrían que representar en los libros de historia el último suspiro de un tiempo turbio que sólo sirvió para alumbrar el final de una época oscura.
Hombres sin palabra. O no hablan o cuando lo hacen existe tal diferencia entre los contenidos lingüisticos que proponen, sus actos y la realidad que, la población tiene más que descontada esta generalización de la hipocresía, que poco tiene que ver, en este caso, con las normas generalmente aceptadas de la educación y la cortesía. Si ya se sabe que las declaraciones institucionales hurtan la realidad con componendas, ¿para qué sirven entonces tantas toneladas de papel mojado?
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Tiempos de silencio y de realidades más que relativas
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