El morbo tiene infinidad de manifestaciones y ninguna de ellas tiene una explicación coherente, de ahí a que nos podamos preguntar si los que vieron el funeral de Michael Jackson lo hicieron para comprobar que estaba muerto o porque sentían una profunda pena televisada. Millones de personas que jamás habían hablado con él sintieron lástima por el rey del pop, una pena que les situaba junto al ataúd de oro.
Nunca mejor dicho se trata de gente a la que nadie les ha dado vela en este entierro pero no pueden evitar romperse la camisa y aullar como lobos ante la luna, ¿no será que nos tira el espectáculo aunque sea un luto?
Debido al éxito de este funeral alguna cadena de televisión se pudiera plantear la emisión de entierros en los que colocar cámaras subjetivas en fosas y ataúdes porque seguro que tendría una audiencia extraordinaria, eso sin entrar en la vida en directo de los gusanos y moscas azules que hacen su trabajo en la descomposición de la carne. La pena negra tiene mucho tirón, vende más que las camisetas del Real Madrid.
Millones de fans se pudieron dar al espectáculo del sentir en colectividad: mocos, lágrimas y hipidos por el precio de la entrada de un concierto, palomitas aparte. No se puede pedir más. El resto de músicos lo tienen muy difícil para superar el listón, en el próximo concierto de U2 o se muere Bono o se va a quedar en una gala de pueblo. Cuando al pueblo se le ofrece carnaza no se le puede proponer luego que se haga vegetariano.
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