Mi jefe me ordena hoy que lance una llamada urgente a los ciudadanos europeos. Para que estén preparados y tengan la cuenta corriente a punto. Que no conviene que se relajen y se crean que la factura de la crisis ya está pagada. “Ni mucho menos, me explica, haz saber a esos insensatos que la gran banca internacional y algún que otro producto nacional (caja) están con los preparativos de una fiesta que habrá que abonar convenientemente”. ¿Cómo? Pues cómo siempre, con la recaudación de impuestos, que es la única segura en estos tiempos.
Quizá haya algún listillo, recalca mi jefe, que argumente que a estos ya les hemos pagado dos veces. Una por medio de aquellas indispensables inyecciones de capital y otra con los recortes sociales que soportamos para que sea posible pagar la deuda que hemos contraído para evitar su quiebra. A ese hay que explicarle que no es bastante, que ahora toca avalarles los activos malos, las hipotecas, lo bonos basura y demás. Hay que limpiarles la casa que les hemos restaurado. y hacer desaparecer con nuestro dinero todos los trapos sucios que guardaron en el armario. O, ¿qué si no?
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«La factura interminable de la crisis»
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