Si vendieran entradas para su entierro el cementerio se llenaría de fans; si pudieran subastar la última paletada de tierra sobre su ataúd seguro que llegarían ofertas sustanciosas por Internet; y si admitieran ponerle fecha a su resurrección las casas de apuestas se iban a forrar.
Michael Jackson vivo interesaba a poca gente, (más bien le seguían como objeto “friki” que paseaba con guantes y sombrilla victoriana), pero el cadáver del rey del pop se saborea como pocas veces se ha celebrado tanto un poco de carroña. Todo lo que rodea a este muerto está muy vivo, por eso se despachan sus discos a racimos. En breve pasarán por televisión un documental sobre sus últimas horas y el doctor que lo ¿trató? explicará en teletienda cómo se ponen inyecciones de insulina en el corazón.
Jackson pretendía hacer una gira en cincuenta conciertos y la va a conseguir en cincuenta autopsias que arrojan datos tan privados como que no tenía pelo, ni costillas, ni un centímetro de piel original. Michael Jackson murió “tuneado” del todo y en horario de “prime time”, no se le puede pedir más salvo que haga un bis y nos deje con la boca abierta. Muchos esperan que salga de la tumba para rodar la segunda parte de “Thriller”.
La última defunción de hoy llegará a sus pantallas en horario estelar, pero si se la pierden no se preocupen porque ya se encargarán sus managers de que Michael Jackson muera todos los días mientras sea rentable.
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La defunción de Jackson
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