Si lo prestigiosos especialistas de The Economist están en lo cierto, la economía japonesa está a punto de hundirse sin remedio. Todo por culpa del relevo generacional y los cambios de costumbres. Los nipones más jovencitos no parecen dispuestos a invertir sus ahorros en bonos del Estado, como hacían sus mayores. Ni siquiera a ahorrar. Y si los ciudadanos no ahorran el espectacular guarismo que sitúa el ratio Deuda-PIB del imperio del Sol Naciente en un 190% caerá como una losa sobre las finanzas públicas hasta enterrarlas.
Sin embargo, ni los distintos gobiernos japoneses, ni los ciudadanos parecen darse cuenta del precipicio al que se acercan inexorablemente. Siempre según la descripción del semanario, en este Japón tan cerca de la ruina, el precio del dinero se ha mantenido bajo durante 20 años y la población vive con comodidad, como corresponde a un país rico. La mala noticia para The Economist es que durante esas dos décadas las predicciones de catástrofe no se han cumplido. Quizá está vez sí acierten. O quizá no y Japón haya consolidado su modelo.
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