La vieja máxima de Lampedusa en la que se argumentaba la necesidad de introducir algunos pequeños cambios en las superestructuras como única fórmula de asegurar su pervivencia ha cobrado actualidad últimamente por culpa de la crisis del sistema financiero internacional o, dicho más concretamente, por los problemas, en muchos casos aún sin resolver, a los que se enfrentan los grandes bancos mundiales. Aceptado universalmente que el origen del cataclismo fueron las malas prácticas de la propia industria, resulta sorprendente que, a día de hoy, el único culpable con responsabilidades penales por las actividades desarrolladas durante aquel festival que se vivió durante tres lustros sea ese sofisticado judío neoyorquino que se apellida Madoff.
Por ahora, no hay responsables ni individuales ni colectivos de un colapso que ha penalizado a la población. Sólo unos ciudadanos más que hartos que, como acaban de hacer los islandeses en referéndum, se niegan a pagar más por los desmanes en la gestión de los ejecutivos financieros.
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La vieja máxima de Lampedusa y los mercados financieros
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