Los presos salen por un ojo de la cara. Arnold Schwarzenegger, que desde que cambió los platós por el Gobierno de California se ha enterado de lo que vale un peine, entiende que tener presos es un lujo. Y California tiene muchos, 170.000 reclusos para ser preciso; demasiados y eso que el año pasado el fiero justiciero del celuloide puso de patitas en la calle a un montón, no por caridad ni en un arrebato de compasión, no: para aligerar el presupuesto del Estado que está hecho una braga. Un preso en California le sale a la Administración Pública por cincuenta mil dólares al año, unos 35.000 euros. Y eso sin despilfarrar nada en comidas extra ni en material deportivo para los recreos. Un problema, desde luego, porque soltar más anticipadamente sería incrementar la inseguridad en las calles y por eso los californianos no pasan. Prefieren, puestos en ese trance, olvidarse de los derechos humanos de los reclusos y que se le tenga a pan y agua del grifo. Pero el gobernador a eso no quiere llegar ni es probable que se lo permita su mujer, que para eso lleva el apellido Kennedy. Así que el brutote de Arnold se ve que le ha estado dando al coco y tiene una idea genial. Negociará con el vecino México para que acoja en sus prisiones, donde el alojamiento sale más barato, a unas cuantas partidas de presos norteamericanos. Así, México recibirá su por qué en concepto de hostelería penitencial y California ahorrará un pastón. En principio el acuerdo podría incluir a los presos de origen mexicano, mayormente inmigrantes ilegales, unos 20.000 según las primeras estimaciones, y luego, a la vista de los resultados, la cifra se irá incrementando. De esta forma comenzará a funcionar un nuevo sistema de turismo internacional, el de los presos de exportación. Un país los envía, otro los acoge a cambio de un giro mensual, y una vez cumplida la condena, los devuelve a su origen, reciclados para lo que surja, reincorporarse a la vida cotidiana o para volver a delinquir. Eso ya es impredecible.







