Nadie parece dudar que el embrollo generado por el triunfante “Brexit” tiene un malo al frente. Nadie parece dudar que el embrollo generado por el triunfante “Brexit” tiene un malo al frente. El todavía primer ministro británico, David Cameron, ha conseguido quedar mal con todos; con los partidarios de abandonar la UE porque después de regalarles un referéndum, se enfrentó sin éxito para que lo perdieran, con las víctimas que queriendo continuar siendo europeos resultaron aplastadas y, por supuesto, con el resto de los europeos, que sufrirán todos los daños pronosticados por los augures económicos pero que sobre todo sufrirán, mejor dicho sufriremos, esa sensación de desprecio, de rechazo y de pretensión de superioridad que nos deja la actitud británica en general aunque sólo sea achacable a la mitad.
Contemplado desde España, donde no dimite nadie por nada, a Cameron le salva un pelín el gesto de decir “goodbye” a todos, a propios y adversarios, y después que este desastre lo arregle otro. Ojalá sea alguien más competente, porque aunque fuera de la UE, el Reino Unido seguirá existiendo, continuará siendo un vecino importante, y se mantendrá en el ámbito de unas relaciones de amistad, ya que no de asociación, con los demás países que habrá que conservar por visceral antieuropeo que el futuro “premier” sea. Y, si se cumplen los pronósticos y el sucesor es el triunfante Boris Johnson, ex alcalde de Londres, visceral lo será.
Cameron se marcha con el récord de dos referéndum en un año y con la imagen de político incompetente que no se enteró todavía de que los referéndum hay que convocarlos y manejarlos con sumo cuidado porque es público y notorio que los carga el diablo. Él lo propició con su euroescepticismo inicial, sus promesas electorales a una extrema derecha populista y fanatizable, con la pantomima de hacer creer que Bruselas cedía lo suficiente para seguir siendo distintos entre los iguales, y con su defensa a la desesperada de un “Bremain” que sólo el mareo de las encuestas hacía dudar un pelín que saliese adelante ante la fuerza y los argumentos demagógicos de sus atrabiliarios enemigos. Cameron se marcha con mucha pena a juzgar por sus lágrimas y sin ninguna gloria para su retiro prematuro. Nadie le va a agradecer nada, y unánimemente con razón.
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