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Devaluaciones sobrevaloradas

Pese a una mejor competitividad en precios, los países exportadores de materias primas y energía empeoran su posición exterior. La inflación ha habitado muchos años en el ojo del huracán pues se acusa al aumento sostenido y general de los precios de ser el culpable principal de muchos males económicos. Pero la persistencia de la crisis y la atonía económica general dirigieron la atención hacia la amenaza de una bestia aún más feroz, una deflación que conduzca a continuo descenso de costes, dificulte la reactivación económica, desincentive la inversión y convierta en un más difícil todavía la devolución de las deudas existentes.

No es éste el caso actual de la economía española pues la estabilidad de precios conseguida se debe esencialmente a la caída en el precio internacional de la energía. Sin ella, la evolución del IPC rozaría un incremento del 1% anual. Es precisamente la regresión de los precios del petróleo y las materias primas industriales el elemento más característico del entorno económico internacional. Y, aunque parezca paradójico, también uno de los factores que genera mayor inquietud. No tanto por el hecho en sí mismo como por lo que representa.

En ambos casos, energía y materias primas, existen razones de oferta, de demanda y geoestratégicas que justifican las intensas caídas de precio. Pero lo que me gustaría resaltar es como, en los mercados de divisas, también se ha hundido la cotización de las monedas de los países exportadores. Y no sólo frente a un dólar que es el producto estrella de las transacciones financieras, también frente a un euro renqueante.

Sin embargo, y pese a que muchos de estos países exportadores venden sus productos en dólares, el impacto de la caída general de precios y del menor dinamismo económico no les han permitido mejorar su saldo exterior. Es un indicio más de las limitaciones que tiene pretender competir estrictamente en precios. No todos los males económicos internos pueden arreglarse mediante una devaluación del tipo de cambio. Todavía menos cuando las cadenas de producción se han globalizado y una depreciación encarece unas importaciones que son indispensables para poder exportar.

Pero la situación actual nos desvela otras evidencias relevantes. Se trata del sesgo de la especialización en recursos naturales. Una ventaja en dichos recursos evidentemente tiene un efecto favorable para el potencial de desarrollo de un país, pero dicho impulso no dura siempre.

Pese a que la riqueza en recursos naturales atrae inversiones, genera nuevo empleo y permite financiar mejores infraestructuras, tanto el conformismo como la arrogancia y la apropiación de rentas que en ocasiones acompaña su explotación económica acaban dilapidando el patrimonio recibido de la naturaleza. Son atributos que les otorgan unas rentas excepcionales pero que a veces impregnan estas economías de un cierto comportamiento autodestructivo, con unas expectativas acomodaticias que se trasladan entre generaciones.

El sesgo hacia los sectores que explotan los recursos naturales es devastador si la expansión económica resultante de dichos descubrimientos no se acompaña de las reformas necesarias. Cuando no se fomenta el desarrollo local de actividades alternativas, no se propicia una mayor diversidad productiva y no se ofrece oportunidades y financiación al talento más creativo y a las generaciones emergentes y más preparadas, se empieza a cavar la propia tumba.

La incapacidad para renovar ampliamente la estructura productiva y diversificar exportaciones induce efectos devastadores cuando los recursos explotados están próximos a agotarse, cuando pierden competitividad en relación con otros recursos o fuentes energéticas alternativas y cuando su precio internacional se resiente por la ausencia de demanda o el exceso de oferta. La lección es evidente: la especialización comercial no es neutral ni siquiera cuando ofrece réditos económicos a corto plazo.

*Josep Lladós, profesor de Economía de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC)

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Josep Lladós

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