Premios Princesa de Asturias

¡Qué clarividencia, Dios!

Nada ha contribuido tanto a poner a Oviedo en el mapa mundial que “Los Premios”, así, con mayúsculas, que cada año proyectan la imagen de la ciudad. A mis ilustres paisanos instalados en el Consistorio de Oviedo, quiero creer que para conseguir lo mejor para la ciudad, en su búsqueda de iniciativas imaginativas y talentosas no se les ha ocurrido nada mejor que meterle la tijera al presupuesto municipal de 210 millones y recortar en 50.000 euros la subvención que el Ayuntamiento venía ofreciendo a la mejor iniciativa que allí seguramente ha prosperado desde que Clarín escribió La Regenta: la Fundación Príncipe (ahora Princesa) de Asturias, promotora de los premios que llevan su nombre por el planeta adelante.

Nada ha contribuido tanto a poner a Oviedo en el mapa mundial que “Los Premios”, así, con mayúsculas, que cada año proyectan la imagen de la ciudad con la presencia en sus calles de personalidades de primer orden internacional, muchas de las cuales acaban perpetuando el recuerdo y el nombre de la capital asturiana en sus obras y biografías. Oviedo debe mucho, muchísimo a las actividades de la Fundación Princesa de Asturias y nadie como los que tenemos la suerte de movernos por el mundo lo sabe mejor puesto que lo ha podido comprobar.

Estoy seguro de que la mayor parte de los asturianos y por supuesto los ovetenses, están orgullosos de su ciudad capital, de su proyección fuera de nuestras fronteras y de la imagen que difunde con unos actos tan brillantes y dignos de encomio, por el reconocimiento que brindan a la ciencia, las humanidades, la cultura o el arte. ¿Habrá algún edil en el Ayuntamiento de Oviedo que sepa lo que eso significa? ¿Hay en aquel Consistorio alguien que sea consciente de que subvencionar la Fundación es la mejor inversión?

Un Municipio como el ovetense, con muchos barrios y núcleos urbanos necesitados de mayor atención requiere por supuesto diversificar sus inversiones pero quizás los que las distribuyen deberían tener en cuenta cuales son las más rentables, más allá de las que cubren necesidades sociales, para que la ciudad prospere, para que su sólo nombre genere ingresos para luego poderlos utilizar en otras atenciones. Y hoy por hoy, en Oviedo, donde las iniciativas políticas no brillan, nada es más rentable desde cualquier punto de vista que se contemple, que las actividades de la Fundación.

¿Alguien con mando y cierta capacidad de convicción en el Ayuntamiento de Oviedo es capaz de imaginar cuanto aportarían otras ciudades extranjeras e incluso españolas por conseguir unos premios como los Princesa de Asturias, para mantenerlos pujantes y para aprovecharse cada vez más de su proyección internacional? Realmente yo no sé cómo reaccionaría ante semejante situación las alcaldías de Pionyang o la de Caracas, pero estoy seguro que ninguna ciudad europea se atrevería a recortarle la subvención a una iniciativa así.

Es difícil imaginarlo porque en general las ciudades están regidas por personas inteligentes y responsables, por personas que salvo excepciones – que nunca faltan – dejan sus pasiones y sus fobias en casa a la hora de tener que tomar decisiones. Ejercer un cargo público gracias al voto de los ciudadanos requiere actuar con más amplitud de miras que las que puedan proporcionar los impulsos primarios y las reacciones viscerales que se olvidan de que una sociedad nunca es privada de unos pocos.

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