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Sujetadores conflictivos

Nuestro paisano cantó bien, por lo menos cantó a gusto de los asistentes, mayormente de las asistentas. ¡Menuda la armó Enrique Iglesias en Sri Lanka! Sri Lanka, para los desmemoriados, es una isla preciosa, pero a los españoles la verdad es que nos coge un poco a trasmano lo cual la vuelve bastante desconocida. La mayoría de la gente es de religión hindú y pacífica por naturaleza salvo cuando las dos etnias se enfrentan a cañonazos o las mujeres se entusiasman. Quizás debe de ser un resto de la poliandria que en el pasado parece que existía en algunas regiones selváticas. Perdón por esta digresión, vamos al grano.

Resulta que uno de estos días pasados una empresa llamada Live Events, que por el nombre tal parece que tuviera algo que ver con la Gürtel, montó un macro concierto con Enrique Iglesias como estrella. Hasta aquí, normal, sólo el anuncio ya fue un acontecimiento de los que hacen historia. Con decir que muchos invirtieron sus ahorrillos para comprar una entrada al descomunal precio de 220 euros, más del salario mensual de muchos trabajadores.

Nuestro paisano cantó bien, por lo menos cantó a gusto de los asistentes, mayormente de las asistentas que, al final, enfervorizadas, electrizadas, magnetizadas… empezaron a despelotarse y arrojar al escenario la lluvia de sujetadores más copiosa que se recuerda en Colombo, la capital. Enrique Iglesias se emocionó, claro, de su éxito. Pero no le ocurrió lo mismo al presidente de la República, Maithripala Sirisena, que ante el espectáculo montó en cólera.

El señor Sirisena – evitaré su nombre de pila por lo engorroso –consideró que aquello había sido un espectáculo denigrante para la imagen del país, impropio de su tradición cultural recatada, y decidió cortar por lo sano. Inicialmente pensó en castigar a las mujeres descocadas que se quedaron gritando como posesas con las tetas al aire, pero ignoro si porque eran muchas, quizás millares, o quizás por consideración a la condición femenina, no tuvo mejor idea que culpar y castigar a los promotores, que algo habrían hecho, dicho sea de paso.

El castigo impuesto por decreto presidencial para todos los implicados varones, empresarios hasta estos momentos respetables, es tan duro como original. Serán zurrados a conciencia en sus posaderas hasta que salte la sangre, y para que las heridas escuezan más, en vez de látigos o varas de bambú, que es un vegetal que allí abunda, la herramienta que utilizarán los verdugos ejecutores serán colas de raya venenosa. Nunca había oído hablar de ellas, que conste.

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Sujetadores conflictivos

Diego Carcedo

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