En las informaciones que aparecen estos días sobre la ya fallida Cumbre de Copenhague sobre el cambio climático hay, cuando menos, unas cuantas cosas sorprendentes. Primero, los motivos por los que el cónclave podría considerarse un fracaso. Al parecer los equipos de negociadores no han podido fraguar acuerdo alguno, ni tan siquiera sobre un calendario futuro de reducción de emisiones cuya conclusión estaría situada en momentos tan alejados en el tiempo como el año 2050.
Suena a fiasco sobre fiasco, a espectáculo teatral perfectamente preparado. Ahora llegarán los líderes mundiales y fraguaran a última hora uno de esos acuerdos históricos que no comprometen a nada a ningún firmante. Entre otras cosas porque dentro de 40 años si alguno de los hoy firmantes sigue sobre el planeta tierra podrá ser un jubilado muy activo, pero poco más. De modo que habrá acuerdo, o principio de acuerdo, o lanzamiento de nuevas y decisivas rondas de negociación, o lo que ustedes quieran. Pero no servirá para nada, porque nadie tiene la intención de que sirva para algo.
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Un compromiso futuro que no compromete a nada
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