Hace tiempo que Sabina se propuso escribir el himno de Madrid, lo malo es que en lugar de conformarse con una sola canción lo que ha hecho es inundarnos de letras y de melodías, cualquiera de ellas vale una ciudad, una vida y una historia.
En el nuevo disco dedicado al vinagre y a las rosas, Joaquín Sabina regresa a los páramos de la Cava Baja para decirnos que todo lo que no es corazón no tiene razón y que todo lo que es vivido es también sufrido. Ante ustedes un poeta de levita y un trovador de corcheas siempre muy difusas. ¿A quién le importa que no tenga la voz de Carusso?, Sabina canta como se habla en la noche y cómo se les habla a las princesas cuando se salta el protocolo y se les dice de tú. Entre él y los demás hay una distancia que es mayor a caminar entre estrellas con el paso lento. Es Sabina otra dimensión musical, un Sinatra nuestro, un Brassens andaluz que canta con acento del foro.
Si damos por buena la idea de que la vida está para disfrutarla entonces llegaremos al punto de que hay canciones que aportan diez años más de vida, y casi todas las canta Sabina. Una gloria nacional de la categoría de Concha Piquer y Di Stéffano pero sin balón y bata de cola.
Las ciudades las hacen los escritores y los cantantes. Tiene suerte Madrid de tener a Sabina en sus páginas amarillas, (o amarillentas por el tabaco). Una voz ronca que ocupa la calle de lado a lado tal y como decía Luís Rosales de los ciegos que pregonaban el cupón.
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