Ley mordaza

Maduro y la ‘ley mordaza’

Que Nicolás Maduro pretenda darnos lecciones de algo que no sea fantochería y matonismo es algo que sólo merece desprecio; el desprecio que despierta su gestión. No seré yo, vive Dios, quien defienda ni en público ni en privado la Ley de Seguridad Ciudadana promulgada en una de las suyas por el Gobierno de Mariano Rajoy y respaldada por el rodillo parlamentario que lo sustenta. Mírese como se mire, es una regresión en las libertades democráticas que tanto costó lograr y a un sector del Partido Popular aún le cuesta asumir. Por eso se la rebautizado como “Ley Mordaza”, apodo que considero le va muy bien mientras esté en vigor que confiamos sea por poco tiempo.

Pero que sea Nicolás Maduro, el dictador patán que tienen en Venezuela sentando doctrina, quien la critique y amenace es verdaderamente increíble. Para empezar porque, gústenos o no nos guste a los españoles, su amenaza de recurrirla — ¿a quién, con qué derecho? – y su intromisión en los asuntos internos de otro país es intolerable. Y luego porque creo que nadie dudará de que Maduro es el personaje menos indicado para dar lecciones a nadie sobre libertades.

Venezuela bajo el régimen de Nicolás Maduro – y digo régimen, no gobierno – reprime todo cuanto no le gusta, empezando por la prensa a la que sí intenta amordazar por todos los medios a su alcance y acabando por el encarcelamiento de sus adversarios – para él enemigos – políticos. La osadía del sujeto es incalificable y a veces provoca sonrojo por vergüenza ajena. Lo malo es que son los venezolanos, un pueblo respetable, quienes tienen que sufrir sus esperpénticas bravuconerías y salidas del tiesto.

Aquí a muchos, yo creo que a muchísimos, no nos gusta la “Ley Mordaza”, pero la consideramos legal mientras no se consiga demostrar lo contrario o llegue al poder por cauces democráticos también, otro Gobierno decidido a derogarla. Pero que Nicolás Maduro, precisamente Nicolás Maduro, pretenda darnos lecciones de algo que no sea fantochería y matonismo es algo que sólo merece desprecio; el desprecio que despierta su gestión.

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