Monedero hacía tiempo que había adoptado el rol de ancla, de freno de mano, de plomo. Facilitaba los ataques exteriores y soliviantaba, con demasiada frecuencia, a los propios militantes. Cogerse una semana de vacaciones y salir en tromba de sus respectivos proyectos Juan Carlos Monedero y Casimiro García-Abadillo es todo uno. El primero de Podemos y el segundo de El Mundo. Ahorraremos juegos de palabras y malabares varios, pues probablemente ya los hubo en su momento.
Mi jefe se ha querido pronunciar sobre Monedero, pues le parece más trascendente que lo de García-Abadillo. Además de ser algo de pésimo gusto reflexionar en voz alta sobre compañeros de profesión caídos fulminantemente en desgracia.
Sobre el cofundador del partido más relevante de nuestro tiempo dice que al margen de las especulaciones –no son pocas, empezando por las que ha compartido el periodista Ernesto Ekaizer- que apuntan a un pulso entre él y su rival más directo dentro de la formación, Iñigo Errejón, el líder de Podemos, Pablo Iglesias, ha hecho lo correcto.
Monedero hacía tiempo que había adoptado el rol de ancla, de freno de mano, de plomo. Facilitaba los ataques exteriores y soliviantaba, con demasiada frecuencia, a los propios militantes del partido. Y lo que es peor: empezaba a contaminar la figura del líder, el propio Pablo, por su resistencia a deshacerse de él.
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