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La guerra sigue

Con Sadam los iraquíes estaban mal pero ahora, con el rastro de las tropas norteamericanas, es evidente que están aún peor, que ya es decir. Las tropas norteamericanas se han especializado en darse sigilosamente por vencidas en las guerras, retirarse con el rabo entre las piernas pero disimulando sus derrotas. Lo ensayaron hace cuarenta años en Vietnam, donde más de quinientos mil soldados pertrechados hasta los dientes no pudieron con los guerrilleros tan desarrapados como fanáticos del Viet- Kong.

Luego, ya con experiencia de retiradas lo ensayaron de nuevo en Somalia, donde dejaron detrás una situación caótica y proclive a la delincuencia internacional en la que nadie ha conseguido volver a poner algo de orden. Ahora, más recientemente y ya con mejor experiencia, han vuelto a repetir su táctica ante la derrota en Afganistán y en Irak. George W. Bush ordenó poner firmes a los enemigos en ambos países y fracasó.

Sin ellos las democracias que aseguran haber dejado consolidadas son una pantomima y lejos de haberse restablecido la paz, las tropas foráneas han dejado guerras internas en ambos países para las que nadie ve ni solución ni final. En Afganistán los temidos talibanes extienden su control por numerosas regiones del país y de vez en cuando se acercan a Kabul, la capital, para perpetrar algún atentado de los que hacen historia.

Lo mismo puede decirse de Irak, con una parte del territorio independizada bajo control del llamado Estado Islámico y la otra dividida entre sunies, chiíes y kurdos. Puede dar idea de lo que ocurre en Irak el balance de víctimas de enero: Mil trescientos muertos que se van sumando a los centenares de miles de los meses y años posteriores al contubernio que pactaron en las Azores el belicoso Bush, el correveidile Blair y el inefable y oficioso Aznar.

Los tres paladines de la guerra concluyeron que el dictador Iraquí, Sadam Husein era un personaje siniestro, lo único seguramente en lo que estaban en lo cierto, porque el resto de su argumentación y su iniciativa no ha podido ser más desafortunada. Con Sadam los iraquíes estaban mal pero ahora, con el rastro de las tropas norteamericanas, es evidente que están aún peor, que ya es decir.

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La guerra sigue

Diego Carcedo

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