El regalo del PP para Podemos: ¿facturas sin pagar en el cajón?

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Algunas administraciones podrían estar acelerando la ejecución de determinados presupuestos antes del posible cambio de poder Estamos en un año electoral. Ya se sabe, de repente en las administraciones públicas vuelve a detectarse una cierta ‘alegría’ a la hora de planificar gastos. Incluso en estos tiempos de recortes. Se dice que en el Ministerio de Hacienda, con el beneplácito de su ‘terrible’ titular Cristóbal Montoro, se abre la mano y que los responsables de ayuntamientos y comunidades autónomas vuelven a acercarse a algunos antiguos proveedores para proponerles cosas.

Sin embargo, en estos ambientes empresariales hay mucha cautela. La supuesta reactivación de asuntos pendientes que se mantenían parados por falta de presupuesto, o la posibilidad de reiniciar algunas relaciones interrumpidas no se acoge con el entusiasmo que un observador exterior esperaría. Al contrario, hay mucha desconfianza y pocas ganas de emprender aventuras, incluso disparando con esa inagotable ‘pólvora del rey’ que tanto se echaba de menos.

Un ejemplo podría ser el sector cultural. En toda su amplitud y con sus circunstancias diversas. Desde los programadores de exposiciones exquisitas a los organizadores de las fiestas de los pueblos. Y esta vez, los recelos no tendrían que ver con la identidad y la fiabilidad de esos inagotables comisionistas que, según afirman algunas lenguas viperinas poco creíbles en general, siempre aparecen antes de que se llegue a cerrar cualquier contrato.

Tampoco con la certeza de que los pagos acordados llegarán mucho después de que los trabajos estén realizados. Con ese calendario se ha trabajado siempre y no suponía un gran problema. No. Esta vez la raíz de la desconfianza es otra. La posibilidad de que se produzcan cambios y alternancias en el poder cobra fuerza y nadie tiene muy claro que los pactos que se cierren ahora, sobre cualquier tipo de proyecto o suministro de servicio vayan a poder cerrarse luego, cuando los nuevos responsables tomen posesión de sus cargos ganados en las urnas.

Hay quien, da por seguro que en algunas administraciones gobernadas ahora por el PP se quiere agotar el presupuesto antes de las citas electorales y que se trabaja a toda prisa en ese sentido. El objetivo no declarado sería que sus sucesores se encontraran sin dinero disponible y con un montón de compromisos de pago por cumplir. Las típicas facturas en los cajones de las que siempre hablan los recién llegados a las instancias de poder y que, en este caso, serían el regalo que desde el partido que preside Mariano Rajoy se prepara para los ‘chicos y chicas de Podemos’.

Se habla mucho de estos asuntos en eventos, mesas y manteles, en estos días, por supuesto sin aportar prueba alguna que demuestre la certeza de tales afirmaciones. Pero las dudas están sobre la mesa y aunque parezca increíble, muchos gestores culturales privados se preparan para sobrevivir bajo mínimos en 2015, y seguir prescindiendo del maná del dinero público, al menos hasta que pase este año terrible. Y quizá alguno más.

Puede que el sector de los festejos no deba preocuparnos mucho. Unas fiestas más o menos brillantes o una exposición más o menos, no van a mejorar o empeorar sustancialmente la precaria situación que viven los ciudadanos del país, al menos a corto y medio plazo. Sin embargo, no esté el único ambiente en el que se habla de esa supuesta aceleración del proceso de ejecución presupuestaria del que hablábamos antes.

En otros círculos relacionados con la sanidad, por ejemplo, se extienden también rumores similares a éstos. Lo que quizá sería un poco más grave de ser cierto. Más aún cuando, tras la celebración en mayo de las elecciones autonómicas y municipales, entraremos en un periodo de varios meses en el que, con las generales pendientes, y previstas en principio para finales de año, es posible que convivan partidos e intereses diferentes en las administraciones locales y el Gobierno central.

Y como el juego limpio entre partidos políticos no suele ser la tónica en España, no sería de extrañar que Hacienda volviera a apretarle los tornillos a los ayuntamientos y las autonomías en el último tramo del año, hasta convertir en imposible que los resultados de la gestión de los nuevos responsables se parezca en lo más mínimo a la oferta electoral con la que consiguieron la confianza de los electores en las urnas.

Sin embargo, tal vez, no estemos haciendo eco en esta columna de consideraciones alarmistas. Y a lo mejor la cosa no es para tanto. Incluso hay quien dice, en general veteranos de colmillo afilado, que esto ha sido siempre así, que en años electorales y con las encuestas en contra se actúa de esta manera, en busca de dos efectos posibles. Mejorar la percepción de los votantes potenciales sobre la administración que aún se encuentra en el poder y complicarle la vida a la siguiente, en caso de que finalmente las urnas dictaminen que tiene que producirse el relevo.

Quizá sea cierto, pero las circunstancias actuales son radicalmente nuevas. En la aún corta vida de la democracia española surgida de la famosa Transición de 1978, no nos habíamos enfrentado nunca a una situación de inestabilidad, ni a una sensación de fin de ciclo como la que tenemos ahora. Las incertidumbres aumentan por momentos y, sin embargo, no queda otra solución que esperar y ver. Sólo algo parece seguro. Nos adentramos en unos meses en los que los codazos, las zancadillas y las patadas bajo la mesa van a ser la característica fundamental del panorama político. Ajústense los cinturones y prepárense para lo peor.

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