Syriza, Podemos y las amenazas de la ‘casta’

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Berlín y la ‘troika’ vuelven a jugar fuerte en Grecia para impedir la alternancia de poder. Desde que se confirmó que este mismo mes habrá elecciones legislativas en Grecia, las llamadas al realismo aumentan a velocidad vertiginosa en España. Un verdadero ejército de columnistas y políticos ha sacado a relucir lo más brillante de su argumentario. El objetivo es dejar claro que el programa que pretende llevar a cabo Syriza, la coalición de izquierdas que lidera los sondeos conduciría a la población helena directa hacia el caos económico.

En todos los casos, estos expertos económicos cercanos a la ‘casta’, o lo que es lo mismo a los dirigentes de Berlín y Bruselas que han fundado y llevado a cabo los recortes y el ‘austericidio’ que ha devastado la Europa del Sur, se apresuran a señalar también las coincidencias que existen entre el partido que preside Alexis Tsipras y Podemos, su supuesta réplica española, encabezada por Pablo Iglesias. El enemigo favorito de este selecto grupo de cabezas pensantes prosistema.

La columna vertebral de sus razonamientos, sin embargo, no tiene demasiado que ver con la legitimidad o el acierto del programa económico que se critica. En absoluto. Nadie suele llegar hasta ahí. Lo que se plantea en cambio es una cuestión previa. Sencillamente, ni Syriza ni Podemos van a poder aplicar sus recetas porque el mercado, Bruselas, Berlín, el BCE y Bruselas se lo van a impedir. Ni más ni menos. Por justas y acertadas que sean las propuestas de estos dos nuevos partidos del sur de Europa, jamás llegarán a convertirse en realidad.

La explicación es bien sencilla. En el mismo momento en que un Gobierno legítimamente elegido de cualquier país de la UE del grupo de los altamente endeudados, como España o Grecia, pretenda llevar a cabo una reestructuración de la deuda, impago parcial, o una simple renegociación de tipos de interés y plazos, que la hagan ‘sostenible’, el ‘mercado’ le impondrá un severo castigo, al negarle cualquier tipo de financiación. Y sin este combustible indispensable, ni las ‘costosas’ ayudas que se reciben de Europa, lo siguiente sería la salida del euro.

Y, por supuesto, a partir de ahí, llegaría inmediatamente el apocalipsis. La pobreza absoluta, el desamparo, el aislamiento y el fin definitivo del estado del bienestar que teóricamente se pretendía defender. Es decir que, más allá de lo posible, o necesario, que resulte aplicar inmediatamente un cambio de política económica para los población de los países más azotados por la desigualdad, a los que la supuesta ‘solución’ a la crisis ha arrojado hacia la miseria y la exclusión, nada podrá hacerse porque los ‘policías’ internacionales de los poderes financieros, que han sacado y saca una gran tajada de la actual situación, se van a encargar de impedirlo.

Incluso, hay analistas, que intentan situarse en el margen izquierdo de la actual geografía política que, aún lanzado criticas muy duras al presunto populismo irresponsable de Syriza y Podemos, terminan por darles la razón, en parte, al admitir que sin una mutualización de la deuda, o un Plan Brady como el que EEUU permitió aplicar a algunas naciones latinoamericanas en el último tramo del siglo XX, los países del sur de Europa, ni podrán pagar jamás lo que deben, ni recuperarán el tipo de crecimiento económico vigoroso que resulta necesario para la creación de empleo de calidad.

Así que ese es el horizonte que los poderes financieros y sus políticos asociados quieren dibujar para los europeos. Un futuro, muy similar al presente, en el que los empleos serán siempre precarios, las prestaciones sociales decrecientes, las desigualdades de renta seguirán en aumento y la movilidad entre clases sociales no existirá.

Eso sí, los ricos actuales serán aún más poderosos que ahora al haber conseguido definitivamente fijar los márgenes de una democracia inservible, en la que sólo se puede votar entre lo malo y lo peor y no existe posibilidad alguna de conseguir, pacíficamente, un cambio político que redunde en beneficio de la mayoría.

No sé si estos ‘plumillas’ obedientes dedicados a atemorizar a los votantes se dan cuenta de lo peligroso que resulta este juego. Si se le quita a la democracia todo su contenido, lo lógico es que la población deprimida empiece a buscar otras opciones, incluso alejadas de este sistema político para conseguir mejorar su situación.

Sin contar con que hace ya mucho tiempo que la idea de una Europa unida, que antes era sinónimo de progreso, bienestar y justicia social, ha dejado de seducir a los ciudadanos del Viejo Continente porque representa ahora justamente lo contrario.

Más bien, lo que sería positivo es que se produjese ese escenario contra el que nos advierten, y que si se producen las victorias electorales de Syriza y Podemos, contra todo pronóstico, ni España ni Grecia se vieran sacudidas por las plagas y la devastación que se nos anuncias. Que la formación de una alternativa de poder en los países del Sur de Europa cimentará la democracia y volviera a poner en marcha los sueños comunes que hicieron posible inicialmente la unidad.

Cualquier otra posibilidad, sólo serviría para animar el tipo de rebelión desordenada que Europa ya vivió dos veces en la primera mitad del Siglo XX. Y sólo hace falta leer los libros de historia para saber cómo terminó aquello.

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