El derecho de libre tránsito de personas por Europa, lo mismo que el de capitales, va camino de convertirse en papel mojado. Emigrar estaba convirtiéndose en el último recurso que nos quedaba ante el negro panorama del empleo en España; el cabo ardiendo al que asirse cuando llega un fin de mes tras otro, el subsidio del desempleo se agota y el ansiado puesto de trabajo no aparece, era hacer la maleta y echarse a la carretera en busca de otros horizontes con mejores perspectivas laborales. Pero emigrar también empieza a ponerse difícil en esta Europa Unida que pasa con tanta facilidad de las promesas optimistas a los estacazos en plena espalda de los ciudadanos desunidos.
Los españoles aún no tenemos que asaltar ninguna valla para entrar en otro país comunitario, del mismo modo que aquí recibimos rumanos, búlgaros, etcétera aunque según se atisban las cosas todo se andará. El derecho de libre tránsito de personas, lo mismo que el de capitales, por Europa adelante va camino de convertirse en papel mojado. Algunos gobiernos, los más tocados por la extrema derecha, empezando por el británico, quieren empezar a expulsar a los que no tengan empleo ya. Y lo van a conseguir, porque Cameron tiene que enfrentar elecciones difíciles en la primavera con unos xenófobos de campeonato pisándole los talones en las encuestas.
Angela Merkel, que sigue siendo la que manda, ha puesto cara de enfurruñada, considera que la medida es intolerable, pero mientras tanto, si los socialdemócratas de la gran coalición no lo arreglan, Alemania va camino de hacer lo mismo, quizás de forma más discreta. El ambiente va por ahí también en Holanda y pronto en algún otro país más, como Suiza. Suiza no es de la UE pero tiene acuerdos con la UE que hasta ahora la equiparaban en ese derecho.
Pero un referéndum, de tantos como allí se celebran, lo somete a votación. Hay poco espíritu de solidaridad; se olvida pronto que los emigrantes han contribuido y contribuyen al desarrollo económico de los países y que al final se vuelven muy necesarios para el bienestar de los nacionales. Lo que ocurre es que la memoria es flaca y la gratitud, escurridiza como el aceite entre los dedos.







