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¿Quién ha sido?

No sirve de disculpa el error. Antes de disparar un misil conviene preguntar por qué y hacia donde hay que apuntarlo. El mundo especula que no para en torno al derribo del avión de Malaysia en Ucrania. Lo que está ocurriendo en el mundo cada vez recuerda más a la guerra fría. Ya no hay bloques defensivos, ni queda rastro de la URSS. Pero siguen ahí los Estados Unidos, convertidos en superpotencia única aunque devaluada, y la Federación Rusa, potencia emergente, con muchas armas en sus arsenales y aún más ambiciones imperiales indisimuladas.

Pero mientras los grandes contubernios diplomáticos, con la libertad de movimientos lastrada por el gas que calienta los hogares de Alemania, resuelven cómo seguir entrampando la paz entre tantos conatos de violencia como se vislumbran, la gente de a pie se hace eco del grito de los familiares de los 298 muertos e, igual que ante las travesuras de los colegios, pregunta quién ha sido, ¿Quién coño ha sido el que dio la orden de disparar y el que apretó el botón?

No sirve de disculpa el error. Antes de disparar un misil conviene preguntar por qué y hacia donde hay que apuntarlo. Un misil como el que se llevó por delante al avión malasio no es un juguete con el que se pueden hacer experiencias. Es un ingenio gigantesco y mortífero, caro y peligroso, que un ejército necesita tener en su arsenal con antelación y, además, saber manejarlo. No parece lógico que los ucranianos separatistas lo puedan fabricar ni poseer habiéndoselo encontrado en una cuneta.

Para empezar se sabe, porque eso es innegable, que había sido construido en Rusia, y que fue disparado desde algún lugar del territorio ucraniano controlado por los guerrilleros prorrusos. Ahora falta aclarar quien entre ellos sabía detectar vuelos a distancia, calcular de manera rápida velocidades y vientos, establecer coordenadas y pulsar el botón en el momento preciso para que el misil trepase atmósfera arriba diez kilómetros hasta impactar en el avión.

Ya sabemos que tan complicados cálculos se hacen con ordenador, pero los ordenadores requieren expertos para manejarlos. Calcular la trayectoria de un avión y la confluencia con un misil no es tan sencillo como enviar un correo vía wiffi. Alguien sabía más de alta informática para semejante barbaridad; alguien que deberá ser colocado inmediatamente en el pedestal de los grandes asesinos contemporáneos, al lado del piloto que tiró la bomba en Hirossima. ¿Quién es?

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¿Quién ha sido?

Diego Carcedo

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