Nuevo capítulo en la historia de la democracia

Pedro Sánchez
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La breve historia de la democracia española, con apenas cuarenta años, estrena un nuevo e inesperado capítulo. Aunque el abanico político se ha ensanchado mucho en los últimos tiempos, la alternancia entre los dos partidos tradicionales, el PSOE y el PP, que parecía quedarse obsoleta, cobra nuevo impulso con el acceso al poder de Pedro Sánchez, el líder socialista surgido de una convulsión interna de su propia formación. La política no es una balsa de aceite.

Hace apenas dos semanas, nadie podía imaginarse semejante convulsión. El Gobierno que encabezaba Mariano Rajoy acababa de ser confirmado gracias a la aprobación in extremis de los presupuestos y la oposición liderada por Pedro Sánchez parecía resignarse a que la anodina situación surgida de dos convocatorias a las urnas y una compleja investidura se prolongase hasta el final de la Legislatura. Pero la vida pública está en movimiento, por fortuna, y el viernes surgió la doble sorpresa.

Primero una sentencia judicial que no sólo condena a personas vinculadas a la corrupción que medró en torno al Partido Popular, con centenares de dirigentes imputados, sino al propio Partido y de forma indirecta a su presidente de cuya credibilidad en su testimonio en sede judicial dejó rechazo expreso. El Tercer Poder del Estado no entra en política pero sus decisiones tienen el valor de la interpretación independiente de la Ley y las consecuencias penales que implica violarla.

Imagen muy deteriorada

Para la imagen de la política en España, muy deteriorada desde hacía tiempo, la situación que la sentencia confirmaba era insostenible y el PSOE, principal partido de oposición, se olvidó de su alicaída presencia en la vida pública y de la debilidad de su recién recuperado candidato y, evocando su seriedad histórica, se apresuró a presentar una moción de censura al poder corrupto que cuando menos salvase la dignidad nacional.

Fue una moción de manual de práctica parlamentaria, con muy escasas perspectivas de triunfar y, eso sí, con un objetivo claro: poner en evidencia la insoportable continuidad de Mariano Rajoy como presidente. El respaldo a la corrupción y el recurso a la mentira, al margen de la abulia ante los problemas, era una afrenta a la imagen de España como país democrático y solvente y a la mayoría de edad de los españoles como pueblo.

Nadie de partida imaginaba que la moción prosperase. Rajoy confió en su suerte y le faltó perspicacia o voluntad para darse cuenta de que su nombre causaba general rechazo, tanto dentro del Congreso como fuera, y que su protagonismo político estaba cerrando una etapa. Le quedaba la opción extrema de dimitir y dejar expedito el camino para unas elecciones anticipadas. Se lo sugirieron, se lo propusieron hasta el último momento, pero prefirió abandonar el poder destituido.

Hábil estrategia

Tampoco Sánchez tenía grandes esperanzas puestas en su iniciativa. Sus pretensiones eran de hábil estrategia política: desacreditar a su adversario tradicional, comprometer a la derecha emergente de Ciudadanos a salvar al Gobierno de la corrupción y a recobrar él mismo visibilidad política, después de los problemas internos en el Partido, de su dura lucha por recuperar la Secretaría General y en unos momentos en que la pérdida del escaño parlamentaria al que había renunciado le aislaba de la batalla cotidiana.

Pero en el ejercicio de la política hasta lo que parece imposible se convierte en realidad y hoy Sánchez es el Presidente. Menudo reto. Tiene que partir poco menos que de cero y sin otra perspectiva que preparar unas elecciones. Mientras no revalide con los votos su liderazgo, la precariedad parlamentaria con que cuenta le dificultará gobernar como quisiera, poner coto a los abusos heredados y sentar bases de un futuro prometedor que las circunstancias le van a dificultar.

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